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La Coctelera

-Doble salto mortal-

Concierto de José Ignacio Lapido en la sala Sol de Madrid. [10/12/2010]

Necesitaba algo de tiempo para atreverme a trasladar mis impresiones sobre lo que viví al papel. Uno es consciente de la importancia del momento en tales menesteres. La forma apenas cambia, y en todo caso lo haría independiente al hecho en cuestión ya que depende única y exclusivamente de una elección personal propia. Sin embargo el fondo o contenido... ahí sí que el momento lo es todo. Momentos privilegiados y momentos perfectos. Para mí de lo mejor de La náusea de Sartre, y que tanto suelo aplicar a la hora de analizar lo vivido. Entonces, decía, el momento lo es todo. El privilegio, también, como algo propio, y la perfección -¿acaso existe?- ajena y condicionada a dicho momento que en lo temporal se circunscribe a casi cerca de treinta canciones (mis cuentas están entre veintisiete y veintinueve) de las cuales once pertenecen al disco que José Ignacio Lapido presentaba esa noche del diez de diciembre en la sala Sol de Madrid.

Cartel de entradas agotadas antes de abrirse la taquilla. Buen presagio. La inevitable fidelidad se mantiene e incluso se incrementa. No importa que el impulso "oficial" mediático siga siendo apenas inexistente -lamentable lo de Metrópoli- ya que cuando algo interesa en su esencia u objeto, sin necesidad de artificios, envolturas, apariencias... tanto el interesante como el interesado acaban encontrándose. Lo paradójico es que uno sigue convencido de que el número de interesados sería mucho mayor en proporción, cuanto menos aritmética, a la facilidad de serlos. La oferta en este caso satisface plenamente a la demanda, pero carece de oportunidad para aumentarla por sí misma, así como esa demanda tampoco podrá aumentar significativamente para provocar un incremento de la oferta hasta que ésta -volvemos a lo de antes- disponga de una mayor posibilidad de darse a conocer para que esa demanda, entonces sí, aumente proporcionalmente.

La pescadilla que se muerde la cola. Lo significativo es la actitud de quien en este caso sufre este hecho, y el cómo lo refleja en la temática de su obra. Lori Meyers -cuya música también me interesa- actuaron en La Ribiera (¿al menos diez veces mayor que la sala Sol?) al día siguiente. Desconozco la entrada registrada. A Lori Meyers los pude disfrutar en el festival Low Cost, y tuve la posibilidad de hacerlo al menos otras cinco o seis ocasiones en escenarios similares. ¿Cuándo sucederá lo mismo con Lapido?

Primera canción del concierto. "Paredes invisibles" Nada mejor que dejarlo bien claro desde el comienzo con una espectacular declaración de principios. Su voz acompañada únicamente por el piano y algún que otro acorde de guitarras durante casi los dos primeros minutos de la canción, para al llegar a la tercera estrofa unirse el resto del grupo haciéndose notar progresivamente, y marcando un solo final de casi dos minutos tras la cuarta y última estrofa, en donde se demuestra que el grupo ha alcanzado un nivel altísimo de virtuosismo y coordinación que forman la mezcla explosiva perfecta para no dejar indiferente prácticamente a nadie que asista a tan sublime espectáculo.

Genial comienzo. "Paredes invisibles que hay entre el mundo y yo/ barreras que no quise atravesar". Me quedo con el "no quise" y, egoístamente, celebro el poder disfrutar de un concierto de Lapido en un reducido espacio como la sala Sol, en lugar de recintos mucho más amplios e inevitablemente distantes.

El concierto continuó con "No digas que no te avisé", canción perteneciente al disco En otro tiempo, en otro lugar, publicado hace cinco años. Un tema sobresaliente, destacando de nuevo los instantes en que el grupo conseguía interpretar al unísono, en una perfecta compenetración, las notas y acordes memorables de tan exquisita composición, culminando en el intenso coro final de voces entonando el ya famoso "avisé" propagado a través de toda la sala. Después se sucedieron más canciones de ese disco, intercaladas con alguna otra del nuevo, y donde de nuevo era evidente el gran estado de forma de la banda y de Lapido, que literalmente bordaban cada canción a un ritmo vertiginoso. Así se sucedían vibrantes y pletóricas escenas de electricidad ("Lo creas o no", "Más difícil todavía") entre temas más lentos y pausados ("Cansado", "En medio de ningún lado") junto a sus ya célebres "medios" tiempos que en directo cobran más intensidad y, sobre todo, se presentan deliciosamente pegadizos de ritmo vocal y eléctrica potencia. "Vuelta a empezar", "La hora de los lamentos", "Antes de morir de pena"... son claros ejemplos de ello, aunque sobre todo me quedo con una: "Sueños que dejamos ir", sencillamente apoteósica. Canción que si en estudio ya te atrapa, en directo Lapido logra darle un nuevo golpe de tuerca en vatios e intensidad, de forma que en unos minutos, todos ya sabíamos que a pesar de la lejanía, los precipicios, temporales, llantos, lágrimas, rendiciones, fallos... que nos depare la realidad, siempre contaremos con benditas válvulas de escape -como en este caso la música- para poder finalmente resistir.

Desgraciadamente no he encontrado vídeo del concierto en Madrid, pero sí uno del concierto que dio el día anterior en Málaga, cortesía de joseleherguido, y que suena así de bien:

Olvidé anteriormente comentar que me sorprendió un tanto el intercambio de temas inicial entre su nuevo disco y En otro tiempo, en otro lugar, antecesor de un Cartografía hasta el momento (primeros seis, siete, u ocho o más temas) olvidado. Cierto que su cercanía temporal (2008 y la gira posterior de conciertos donde era claramente protagonista como ahora lo es De sombras y sueños) obligaban en cierto modo a ello, y por eso nada más aparecer los acordes de "En el ángulo muerto", la inicial sorpresa se transformaba en sincera devoción al comprobar que lo que ayer era una grandísima canción, hoy se hace más enorme aún, y mañana seguramente se hará más inmensa todavía, al igual que ese "Cuando el ángel decida volver" que interpretó mucho después, o el impagable momento de un "Algo me aleja de ti" con un Raúl Bernal soberbio, junto al resto del grupo, deleitándose en la melodía, y dejándonos maravillados y rendidos, sin olvidar que antes o después (ya no me acuerdo) "Nunca se sabe" nos hizo girar ante tanta explosión eléctrica de un corazón entregado a la música -hoy igual que ayer- al que es justo y conveniente agradecerle el que -por o a pesar de todo- siga ahí una vez más al pie del cañón ofreciéndonos su arte, y consiguiendo hacernos felices interpretando sus creaciones.

Música celestial, sin duda alguna, aunque formalmente quedara relegada a un solo tema bestial, "Nadie besa al perdedor", regalándonos a cambio el "Luz de ciudades en llamas" con el añadido de la hipnótica "En tu mente" que muchos años después sigue sonando genial. Otro regalo ya más habitual -aunque no por ello menos deseado- fue el de "Me voy" que la verdad aún siendo el mismo tema siempre me parece que lo toca diferente, dejándome literalmente alucinado. Y para completar el repaso a su discografía, "Ladridos del perro mágico", única canción que interpretó de su primer disco homónimo, y que nunca me cansaré de escuchar, tal vez porque contiene algunos de los versos más logrados por este magnífico compositor.

Pero sin duda, uno de los momentos más emotivos de la noche fueron las palabras que un consecuentemente sentido Lapido dedicó a Enrique Morente, granadino como él, genial músico como él, y que en esos instantes a pesar de la fatalidad aún seguía con vida. El deseo unánime de su recuperación, desgraciada y lamentablemente al final no fue posible a pesar de no olvidar  -junto a Lapido- decirle que le queríamos vivo.

"Olvidé decirte que te quiero". Preciosa canción, fantástica letra, poderoso y efectivo registro vocal manejando el ritmo y el tempo, y unos instantes finales donde en el fabuloso video que grabó y subió huevogordo a youtube, con una altísima calidad visual y sonora, se percibe claramente la emoción y el sentimiento de un José Ignacio Lapido entregado -al igual que nosotros- por completo a su música.

Para terminar con su último disco, mencionar las dos de las once canciones que faltaban. Por un lado el primer single "El más allá" que sonó, como era de esperar, más potente y salvaje que en estudio, y por el otro una canción que ya intuía que en directo podía dar mucho juego. "Algo falla" es su título, y por unos instantes recordé el "Nada más por hoy" de los cero. Apoteósica, furiosa, trepidante explosión de decibelios, demostrando que pese a predominar en sus últimos discos los medios tiempos, nunca dejará de seguir pariendo contundentes y frenéticas manifestaciones de puro rock and roll.

(1) "Nos dieron nuestro sueldo, y se quedaron con el poder".
(2) "Se confirman los temores: nadie es quien dice ser".
(3) "Hoy os dejarán sin postre, sin voz ya os dejaron ayer".
(4) "Llegaron con banderas y uniformes".

Y ante tal panorama que nos ofrece la masificada realidad, en lugar de rendirse, caer al fondo del pozo del pesimismo y la desolación... Lapido nos ofrece su particular y racional ejercicio de consciencia crítica, apelando a un rebosante sentido del humor en forma de una característica y magistral ironía marca de la casa:

(1) "Mi único consuelo: ¡bendita escala de Re!".
(2) "Me sabe rara la miel".
(3) "Hasta nueva orden estaréis de cara a la pared".
(4)"Sofocaron la revuelta repartiendo televisores".

Algo falla y, claro está, no sé qué es. Porque la verdad, en cuanto al concierto en sí, nada falló. Si ya he mencionado todas las canciones que interpretó de su discografía en solitario, obviamente, no podían faltar algunas de 091. Primero "Zapatos de piel caimán" pasado más o menos el primer tercio. Tratar de describir lo que uno siente ahora al volver a escuchar en directo esos riffs tan característicos, ese sonido único que tanto nos cautivó y sacudió en el pasado, es imposible. Contagio colectivo de felicidad y disfrute para después, pasado en este caso más o menos la mitad del concierto, alcanzar el éxtasis al observar primero a Paco Solana con una armónica, y escuchar decir a Lapido que seguramente muchos conoceríamos la canción que iban a tocar ahora:

"La canción del espantapájaros". Ni más ni menos. En versión eléctrica. En ese instante sencillamente me sentí privilegiado. Qué cabrón, acerté a reconocer admirado al final del tema. Ahora, al repasar esos momentos, puedo sentir la incandescencia de la que ya nos habló en su tema que lograba hacer agridulce la emoción, bajo esa sombra de un perro reflejada en la luna en el libreto, y que tanto significa y simboliza en su carrera musical. Pero claro, faltaban los -en apariencia- mal llamados "bises". No se trata de querer que vuelva a tocar un tema ya interpretado, sino de simplemente querer que siga tocando más temas. Y así, en una de esas, llegó en penúltima instancia "Esta noche" como hubiera podido ser "En el laberinto" o, en esta ocasión más indicada y propicia que nunca "La noche que la luna salió tarde". En el fondo, salvo esta última, hubiera dado igual. La satisfacción era generalizada. Lo habían dado todo durante más de veinticinco canciones, y quedaba un último golpe final. Sinceramente yo esperaba, ¿cómo no hacerlo?, "Qué fue del siglo XX". Pero también faltaba una espectacular canción que ha obtenido su merecida gloria siendo interpretada por su grupo en solitario, y no por los cero. Algo lógico tratándose de la cara b de su último single en estudio, pero que aún no me explico cómo puede ser posible que en cada nueva gira se supere, suene aún mejor, y sea aún más especial y carismática. En definitiva una obra de arte prodigiosa. Siete minutos donde cada componente del grupo dispone de la oportunidad para exigirse y exprimirse al máximo, y hay que ver de qué forma lo aprovechan. Las guitarras de Víctor y Lapido enfrentadas al amenazado amplificador, la batería de Popi conduciendo con maestría y precisión el duelo, el piano de Raúl Bernal desafiando junto al bajo de Paco Solana la excelencia musical, y encima cuando ya todos al mismo tiempo se juntan, suena tan natural y preciso, tan perfecto y devastador, que uno no puede menos que quitarse el sombrero, dejar bien abierta la boca, y alabar incondicionalmente su profesionalidad y maestría ante el increíble espejismo número ocho que nos habían ofrecido como despedida final de la noche.

Como espejismo finalmente también fue la posibilidad real de un "Doble salto mortal" como perfecto colofón a la velada. La presencia de Eva lo hacía posible, y la canción se prestaba plenamente a ello: poder declarar a pleno pulmón eso de "Gracias por todo, el gusto fue nuestro. La próxima vez... quién sabe cuándo será" hubiera sido demasiado. La luna tampoco salió tarde pero quién sabe lo que pasará la próxima vez. Sea lo que sea, y cuándo sea, por supuesto, salvo absoluta desgracia, allí estaré.

Estaremos.

Y ya para terminar, agradecer de nuevo los vídeos de extrema calidad (720 ni más ni menos) que huevogordo ha subido a youtube del concierto.

Por último, respecto al público que llenó la sala, constatar que afortunadamente había de todo. Desde los que se sabían prácticamente todas sus canciones incluyendo, of course, las de 091, a los que se notaba que era su primer concierto. Dos buenos amigos míos vivieron esto último. Hace casi dos años conocieron la música de Lapido gracias a un regalo en forma de Cartografía, y como desde entonces no han dejado de escucharlo regularmente debido a lo mucho que les gustó, sólo hizo falta avisarles del día, la sala, y la hora, para que allí estuvieran. Para resumir lo que les pareció el evento, simplemente decir que volverán sin dudarlo, mientras aún me sonrío cuando después por Malasaña, tomando unas copas en un literal y simbólicamente "dinosáurico" garito, nosotros les espetábamos la envidia que nos producía el que ahora ellos pudieran descubrir todo lo que aparte de Cartografía ha compuesto Lapido, llegara entonces su aplastante y definitiva sentencia: "cabrones, la envidia es nuestra, porque ahora somos realmente conscientes de todo lo que nos hemos perdido estos años"

Tenían, cómo no, toda la razón del mundo, y es justo reconocer que me sentí afortunado por ello.

Próximos conciertos anunciados en su web oficial: Barcelona, Zaragoza, Sevilla, Murcia, Valencia...

Yo me apunto seguro a este último, mientras tarareo eso de "La próxima vez... quién sabe cuándo será" pensando en Barcelona o tal vez Murcia. Afortunadamente nunca se sabe.

Gracias: Lapido, Víctor, Raúl, Paco, Popi. El gusto, una vez más, fue nuestro.

-En el ángulo muerto-

Porque eso es todo, eso es ...
eso es todo, todo lo que quiero hacer.

[091 "Todo lo que quiero hacer"]

Musicalmente podría decir que esta canción me parece casi perfecta. El inicio es espectacular. Un breve solo de percusión modelando las primeras notas, y acto seguido hace su aparición el piano que acompaña los primeros compases de una voz desnuda que rápidamente se apropia de la melodía para fundir los primeros versos en una impactante ambientación:

Estoy en el ángulo muerto. Es el sitio perfecto: nadie me ve.
Estoy fuera de juego, batiéndome en duelo, lo mismo que ayer.

El ser y el estar compartiendo espacio, tiempo, y lugar. El ángulo muerto. Allí donde no alcanza el espejo su visión, y en sus dos acepciones existe y se está en constante peligro e inevitable indefensión. En fuera de juego, invisible, pero siempre –lo mismo que ayer- luchando de la misma manera con la música como fiel cómplice y compañera en la batalla.

A solas con mis recuerdos:
Los falsos y los verdaderos.
Si no me ladraran los perros creería que sueño: nadie me ve.
Nadie me ve.
Nadie me ve.
Nadie me ve
.

Aparecieron las guitarras y el grupo se prepara para mostrar plenamente su radiante esplendor. El sitio perfecto y la primera estocada. Allí, donde nadie me ve, estoy solo y mi única compañía es el recuerdo. Pero soy consciente de que ese recuerdo puede ser falso o real según disponga el capricho de la memoria. Y allí, únicamente acompañado por la evocación de lo que fue y lo que pudo haber sido, sólo despierto gracias a un sonido animal que me ayuda a seguir estando en cierto modo alerta: los ladridos de un perro –mágico o no- que estimulan mi ansiada sensación de invisibilidad y de riesgo al haber alcanzado (¿voluntaria? ¿involuntariamente?) ese ángulo muerto donde nadie me ve.

Estoy en ninguna parte, rozando el desastre, sin nada que hacer.
Estoy flotando en el aire y supongo que sabes que abajo no hay red.
Sentado a la diestra del Padre.
Esperando la luna de Cáncer.
Haciendo de la duda un arte.
Planteándome en serio volver a nacer.
Volver a nacer.
Volver a nacer.
Nadie me ve.


En esta estrofa se muestran las consecuencias de tan particular localización. Si nadie me ve es como si no estuviera, como si diera igual el dónde (en ninguna parte o sentado a la diestra de un dios) e incluso hasta el qué (sin nada que hacer o esperando la luna de Cáncer) Se acentúa la sensación de vulnerabilidad –rozando el desastre- añadiéndole un componente etéreo que inevitablemente nos remite al baile de la desesperación (soy equilibrista, trabajo sin red) Y entonces el golpe final. Si por estar en el ángulo muerto voy a pasar necesariamente desapercibido y voy a ser obligatoriamente ignorado por todo lo que me rodea y aún así –pese al riesgo que ello suponga- ya he dejado claro que me parece un sitio perfecto, la razón tal vez sea que allí soy capaz de hacer de la duda un arte que compense con creces los contratiempos anteriormente descritos. La música así lo demuestra –es un arte- y simplemente recordando la canción que da título a su anterior disco “En otro tiempo, en otro lugar” podemos comprobar que es perfectamente posible plantearse cualquier interrogante –en este caso el volver a nacer- de una forma artísticamente creativa e intensamente fascinante.

Y entonces surgen los coros del resto del grupo acompañando a la voz de Lapido, y la canción alcanza su plenitud cobrando un ritmo vertiginoso que culmina con la negación reiterada de toda posibilidad de cambiar las cosas.

Nadie me ve.
(En el ángulo muerto)
Nadie me ve
(por el retrovisor)
Nadie me ve
(es el sitio perfecto)… y sé que no, sé que no hay nada que hacer.

La resignación es obvia: el espejo retrovisor impide que pueda ser visto al estar yo situado en el ángulo muerto. O dicho de otra forma permite que nadie me vea, y por ello lo más sensato es aceptarlo y afrontarlo de la mejor manera posible. Haga lo que haga –sea bueno o malo- pasará desapercibido. Componga la mejor o la peor de las canciones nadie lo verá. Pasa el tiempo y sé que nadie, nadie, sabrá por qué hago esta canción. En el ángulo muerto o convertido en espantapájaros, es igual. ¿Y entonces qué hacer? La resignación, como decía, resulta una respuesta obvia, y Lapido nos permite ir más allá ofreciéndonos su particular ironía para convertir ese ángulo muerto en un sitio perfecto donde la música –su música, la duda transformada en arte- sea la única y principal protagonista.

Cerraron el limbo y se fueron.
No vieron que yo estaba dentro
pidiéndole al camarero los sacramentos y algo de beber.
Nadie me ve.
Nadie me ve.
Nadie me ve.


No hay lugar para el drama. El cielo, la antesala del dolor, y ahora hasta el limbo. Buen lugar para celebrar que pese a la incurable ceguera de la industria discográfica y su consumo de masas, siga existiendo otra música capaz de trasladarnos a ese apreciado ángulo muerto donde uno puede quedarse plácidamente dormido en un carrusel abandonado esperando a que vuelvan las palabras del exilio.

Definitivamente no hay nada que hacer.

+

Y como curiosidad, la versión realizada por Miguel Ríos que pertenece a su último disco recién publicado y titulado "Sólo o en compañía de otros"

Nuevo disco de José Ignacio Lapido: Cartografía

Cuando hace unos meses se confirmó la fecha de publicación del nuevo disco, la única expectativa que me planteé al respecto fue la de poder escucharlo. Así de simple. Que el contenido musical del mismo fuera de una forma o de otra, en el fondo no dejaba de ser una especie de lúdico pasatiempo hasta que llegara el anhelado instante de conseguir despejar la incógnita con la escucha definitiva del disco. Con eso bastaba. No me importaba que fuera más o menos rápido-lento, instrumental-vocal, acústico- eléctrico, etcétera-etcétera. Lo que me importaba es que se trataba de un nuevo disco de José Ignacio Lapido, y eso de por sí ya era suficiente garantía –hasta que pueda demostrarse lo contrario- de contrastada calidad musical y literaria.

Y ahora -un mes después de concluida la espera y resuelto el pasatiempo- debo reconocer que una vez más ha vuelto a superarse con una Cartografía que -desde el sugerente y original diseño de su portada- nos incita a recorrer un trayecto por doce estimulantes canciones a modo de estaciones rebosantes de lirismo y electricidad, y que nos trasladan por ejemplo desde Zürich (realidad física casual) al interior de un corazón donde siguen afortunadamente girando a su alrededor auténticas fantasías de rock and roll.

Y lo primero que me ha sorprendido en este apasionante viaje musical, es el papel principal protagonista que posee la voz a la hora de confeccionar el ritmo y el tiempo de cada canción. Largo de contar es buen ejemplo de ello. Lejos quedan ya los potentes Ladridos del perro mágico donde en la mayoría de los temas su voz quedaba relegada a un consecuente segundo plano en favor de las guitarras eléctricas. Y qué decir de los coros, por ejemplo señalar que el juego de voces realizado en El ángulo muerto es la estocada perfecta para completar una prodigiosa canción. Y si la evolución musical en este apartado resulta evidente, no lo es menos en cuanto al apartado instrumental donde reafirma las líneas trazadas por su antecedente más cercano (En otro tiempo, en otro lugar), puliendo aún más cada acorde y sacrificando la constante intensidad de los decibelios por su presencia puntual en el momento oportuno.

Luego ya en cuanto al contenido de las letras, la evolución es igualmente admirable. Porque si bien la temática es recurrente en cada uno de sus discos, no lo es ni la forma de enfrentarse a esa temática ni el desenlace final de la lucha, un nuevo paso adelante que separa aún más la frontera de la realidad y el deseo. La absurda realidad cotidiana que absorbe la mayor parte del tiempo de nuestra existencia, y la posibilidad cada vez más explícita y detallada de –siendo conscientes de que siempre ha sido y será así- optar por la retirada de ella gastando el resto sobrante del tiempo que cubre las monótonas y rutinarias obligaciones diarias, en crear otro tiempo y lugar donde sea posible hacer real la fantasía. Lapido lo consigue componiendo e interpretando canciones, y en este nuevo disco lo refleja con mayor claridad. Aunque nadie nos vea por estar siempre en el ángulo muerto del éxito teledirigido por el sistema, podemos tomar ese fracaso como punto de partida para viajar al absurdo una vez más alejándonos de un mundo imposible de entender. ¿Cómo? Me doy por vencido. Ya no hay marcha atrás. Se repite la derrota anunciada. El Cuento de Nunca Acabar. Y entonces la salvación. Ya me sé el camino: nada malo me puede pasar si averiguo –por ejemplo- en qué consiste el truco. Pero no el que nos hace caer en la alienación consecuente a todo sistema de masas mediante elevadas promesas, hipnóticos discursos… sino aquél que sencillamente nos posibilite desaparecer de esa escena para trasladarnos a otra donde podamos –gracias a la expresión artística- fabricar ilusiones, esperanzas, sueños… cuyo único fin y principio resida en la música. Desde luego este disco rebosa de entusiasmo vital hacia ella, y eso se percibe claramente en la contundente belleza de composiciones como Escala de grises o Nunca se sabe. La verdad y la mentira –a solas con mis recuerdos- suelen confundirse y más –ya lo sabemos- cuando se apaga la luz y las luciérnagas nos iluminan el eterno camino que no tiene fin. El nivel alcanzado en las letras es casi insuperable (evocar a Lorca, Tarzán, y Nosferatu en un mismo tema creando una sorprendente y fabulosa, fascinante, canción, es buena prueba de ello) y -como decía al comienzo de este extenso párrafo- se percibe en las mismas una evolución que no presagia nada malo sino todo lo contrario. Ya me sé el camino y no hay marcha atrás. La senda es sin duda el rock and roll, y en esta gira podremos comprobarlo una vez más.

Imprescindible.

Porque si en estudio suena de maravilla y escuchar y sentir las canciones es un auténtico placer, en directo es sencillamente espectacular. El grupo –cómo no mencionarlo- también se ha superado y refuerza su presencia en los arreglos y voces, y es imposible no recrearse en la profesionalidad y calidad del conjunto al recordar cómo fueron capaces de transformar una canción lenta y acústica –como por ejemplo No queda nadie en la ciudad- en una explosión eléctrica de impresionante y emotiva intensidad que sin duda promete repetirse para este disco sea cual sea la forma elegida. Material no les falta –en todo caso les sobra- y como nos encanta tropezar, nos han cerrado el limbo, y nunca se sabe lo que nos reserva el azar, volveremos mañana a ese bar en penumbra –se llame Cielo o La antesala del dolor- a saborear la mejor excusa para no salir de allí y descubrir por enésima vez en qué consiste el truco aunque nadie sepa –afortunadamente- decirnos la verdad.

+

-Cuando el ángel decida volver-


La canción comienza con un precioso solo de guitarra acústica, seguida únicamente por la voz de Lapido en primer plano secundada a un tono inferior por la de Víctor, completando la primera estrofa:

Cuando el ángel decida volver
se encontrará con la ciudad vacía:
las tuercas oxidadas,
pero abiertas las heridas…

… cuando el ángel decida volver

Por supuesto que el autor (en este caso Lapido) queda al margen de toda interpretación subjetiva de sus letras, y por ello es inútil buscarle causa a lo que sólo él conoce y sólo –si él lo desea- puede desvelar y que a mí particularmente me resulta secundario y hasta en cierto modo irrelevante. El lector se apropia de las palabras –que por sí mismas sólo disponen de significado- y les otorga el valor y el sentido que desee en función de lo que dichas palabras le transmitan. Y no sólo cada lector es diferente, sino que cada lectura realizada por un mismo lector es igualmente variable en función del cuándo, cómo, dónde, y por qué la realice. Múltiples lectores de infinitas lecturas de una misma obra: lo escrito por el autor.

Y en mi caso no puedo evitar volver a recrear a aquel ángel esperando sus alas sentado en un andén bajo la luz de ciudades en llamas; una ciudad en la que no queda nadie, vacía, porque dios no está ni se le espera -nadie sabe dónde está- y donde la erosión del tiempo (las tuercas oxidadas) es incapaz de cicatrizar las heridas.

A la guitarra acústica se le une la batería, el bajo, y el piano, mientras prosigue a dos voces la canción con la segunda estrofa:

Cuando el tren llegue al anochecer
no habrá música de bienvenida:
esfumada la esperanza
y apagadas las colillas…

… cuando el ángel decida volver

Y esta vez no habrá amantes que suban y bajen del último tren, se habrá esfumado la esperanza (el ángel que esperaba sus alas), se habrán apagado las colillas (no queda nadie en la ciudad), y permanecerá –como el humo de una máquina de tren- la ceniza, o todo aquello que denominemos recuerdo. La escena –aparentemente- resulta desoladora: una ciudad vacía, vieja, oxidada, sin esperanzas, apagada… y que sólo puede ofrecer soledad a quien la visite o –mejor dicho- regrese a ella. ¿Cuándo? No importa, no existe locución condicional. No se trata de si el ángel decide volver. Su regreso ya está decidido, y en el momento en que se produzca -da igual que sea hoy, mañana, o incluso ayer- lo sustancial es lo que hoy, mañana, o cuando sea se encuentre, y que será siempre lo mismo: silencio, soledad, humo, desesperanza… y entonces Lapido nos sumerge y compromete de lleno en la escena mediante el inicio de la tercera estrofa.

Nos verá contando hasta tres
justo antes de emprender la huída:
tomaremos el fracaso
como punto de partida…

… y el amor como dogma de fe.

Cuando el ángel decida volver

Irrumpen las guitarras eléctricas y se abandona la segunda voz. El cuidado y preciso, magistral, tono creciente (los iniciales quince segundos con un solo de guitarra acústica; la primera estrofa en la que a dicha guitarra le acompañan dos voces; y una segunda estrofa donde ya hicieron acto de presencia la batería, el bajo, y el piano), culmina con la explosión de la electricidad haciéndonos plenamente partícipes de ella.

De esta forma frente al silencio, la soledad, el humo, la desesperanza… frente al escenario que inevitablemente encontrará el ángel cuando decida volver… ahí, en ese mismo tiempo y lugar llamado realidad podemos siempre –gracias en este caso a la música de Lapido- disponer de la fabulosa posibilidad de contar simplemente hasta tres (y ya sólo nos faltarían dos hasta desaparecer) emprendiendo la huída y tomando –cómo no- el fracaso como punto de partida (al fin y al cabo en definitiva ya conocemos lo que es ser un hombre con suerte) y el amor –siempre el amor- como dogma de fe. Simplemente soberbio. La música haciendo en este caso posible el milagro. En otros lo será la literatura, o el cine, o la pintura, la danza… pero ahora, escuchando esta maravillosa canción, queda claro que la música es capaz de compensar con creces lo que permanezca lejos de ella ya que afortunadamente siempre decidiremos volver. ¿Cuándo?

Y entonces se produce la lógica y magistral ruptura del hasta entonces esquema lineal para ofrecernos la causa temporal que responda a la pregunta anterior:

Creo recordar que alguien cantó
lo mismo en otra canción
cansado de esperar.

Cuando el ángel decida volver –cansado de esperar a que la realidad posibilite un regreso imposible a lo que nunca existió (lo que pudo haber sido y no fue)- finalizará la espera y podremos huir de dicha realidad siendo plenamente conscientes de que ya sucedió con anterioridad para que pueda producirse de nuevo. Escapamos de la mecánica rutina diaria –cansados de esperar a que dicha rutina varíe por sí sola- y temporalmente decidimos volver a ese espacio donde nada es real y donde cobra sentido la espera: los rincones secretos del alma.

Allí, iluminados por la luz de neón de las ciudades soñadas (la gris y apagada ciudad vacía ya sólo es realidad) los lamentos se hacen canción aceptando el absurdo de la existencia lineal que no tiene ni tendrá nunca explicación. Y sin embargo, en esos rincones secretos, el tiempo es siempre circular gracias a la creatividad artística. No necesitamos un cambio material y real sino que demandamos ser capaces de en toda realidad –por muy absurda y desoladora que sea- encontrar un rincón secreto que nos facilite un nuevo principio del fin de la espera.

I'm so tired, tired of waiting for you, o cansado de esperar lo que ya di por perdido. No importa. El trago más amargo, la verdad cruda y dura de roer, la ciudad vacía, la esfumada esperanza, el corazón destrozado en preguntas sin contestar… Cuando el ángel decida volver por supuesto que allí nos encontrará como siempre, y como siempre nos encontrará –como él- cansados de esperar y emprendiendo la huída hasta –por ejemplo- desaparecer haciendo círculos con humo. Otra vez y una vez más. Los pájaros incandescentes comienzan a volar. Más de lo mismo. Dejemos sonar la música para volver a sonreír al comprobar lo que ella inconscientemente nos provoca en un acto tan rutinario y real como el de bajar unas escaleras que –por supuesto- dispondrán de manual de instrucciones cronopial para volver a ascenderlas. Aunque la ciudad esté vacía o el carrusel abandonado, otra vez y una vez más, volveremos mañana a silbar una misma o diferente melodía sin necesidad de cambiar las reglas del eterno juego, la escala y el tiempo que en este caso concreto regresan al esquema inicial de la canción a dos voces en la siguiente tercera estrofa:

Cuando el ángel decida volver
será el momento de que rompan filas
los que lucharon en la guerra
y los que fueron a la mina…

…a buscar algo en lo que creer.

Ya casi todo está dicho. El final de la espera se produce, y a la huida anterior se le suma la poderosa figura de la deserción de la utopía. Lo más relevante quizás sea la constatación del brillante uso de los tiempos y formas verbales a los que nos tiene acostumbrados el genial compositor. En concreto de la tercer persona singular del tiempo presente modo subjuntivo (cuando el ángel decida volver, cuando el tren llegue al anochecer) pasamos a la primera persona del plural del tiempo futuro modo indicativo (tomaremos el fracaso como punto de partida) hasta llegar en esta estrofa a la tercera persona del plural del tiempo pretérito perfecto simple modo indicativo (los que lucharon en la guerra, los que fueron a la mina) Nubes con forma de pistola, hablando en sueños, mientras las nubes me acompañan, o demasiado tarde (con ese brutal y demoledor cambio final de tiempo) son sólo algunos de los muchos ejemplos que podríamos rememorar al respecto.

Por otra parte, señalar también las relevantes características del sujeto principal de la acción: luchadores y esforzados protagonistas de la búsqueda de una creencia que justifique u otorgue un sentido a su lucha y esfuerzo. Y claro, como nadie encuentra lo que busca, sólo rompiendo con el círculo vicioso, sólo desertando de la linealidad de la apariencia podremos tal vez alcanzar una última estrofa sencillamente memorable:

No tendremos nada que perder
y se hará real la fantasía:
preparad los epitafios
y poned la otra mejilla…

… cuando el ángel decida volver.

Cuando el ángel decida volver.

Ya nos lo avisó en su anterior disco. Frente a la fabulosa apariencia que teje el sistema para justificar que siga girando su rueda (mapas del camino hacia el edén, recetas de esperanza, paraísos) se contrapone la cruda realidad (los mapas son falsos, las recetas están caducadas, y los paraísos son de papel) ¿Y entonces qué hacer? ¿Angustia, desesperación, impotencia, fatalidad? ¿Y por qué no lo contrario? Si tomamos el fracaso como punto de partida, si somos capaces de elegir el camino equivocado que no tenga fin, si la rendición sin lucha no implica necesariamente una derrota, si cavamos las trincheras de la confusión eligiendo una bella mentira, etcétera, etcétera… entonces tal vez merezca la pena sentirse cansado de esperar el momento en que Lapido componga e interprete nuevas canciones para su deleite y, por supuesto, el nuestro. Porque claro, lo sustancial al fin y al cabo no deja de ser tanto el contenido como el continente. Es decir, el modo o forma de hacernos llegar o transmitir éstas u otras cuestiones. Y en ese caso la música es el medio elegido y desde luego no tiene desperdicio. Una música que –sin nada que perder- transforma lo real en fantasía y, como nadie besa al perdedor, nos ordena –con otra muestra genial de su particular ironía- preparar los epitafios y poner la otra mejilla. Sencillamente fabuloso. Y para finalizar un solo a dos veces repitiendo agónicamente la (en cierto modo) anáfora figura retórica del verso que da título a la canción.

En definitiva, un primer single a la altura de las circunstancias, cautivador, imprescindible, y que incita a embriagarse de lleno con una Cartografía que promete ser un nuevo paso adelante en la evolución musical del autor.

Las palabras vuelven nuevamente una vez más del exilio, y con ellas la certeza de que afortunadamente no todo está perdido en el panorama musical actual, y frente a los productos de consumo facilitados por el poderoso sistema de medios (operación triunfo, eurovisión, y sucedáneos) y satisfechos por nuestra inevitable condición de masa, siempre es posible encontrar rincones secretos donde escuchar una música que asume su ancestral categoría de arte. Cuando el ángel decida volver es justa prueba de ello, y otra vez le diremos a las nubes al pasar que cuando vuelvan ya no estaremos allí mientras seguimos aplaudiendo fervientemente su regreso.

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-Cartografía-

Lentamente cobra forma el espejismo inicial de un nuevo salto al vacío, la enésima escapada del mundo ininteligible y quizás por ello necesariamente real, y donde siempre es posible perder el equilibrio para seguir andando -por ejemplo- sin poder avanzar, o lograr desaparecer de una manera tan simple como la de cerrar los ojos durante cinco segundos. ¿Más difícil todavía? Sin duda olvidar cambiar las reglas del trayecto que nos conduzca a los suburbios del mundo real, y así poder -sencilla y constantemente- vivir de espaldas a todo aquello que no sea otro tiempo u otro lugar. Duración y espacios relativos. El perseguidor de un minuto y medio capturado por ese cuarto de hora que no puede evitar impresionarnos al silbar su melodía. No importa. El carrusel seguirá abandonado -terminará otra vez la función- y lentamente cobrará forma el espejismo inicial de un nuevo salto al vacío mientras volvamos mañana -siempre mañana- a sentirnos más viejos al brindar de madrugada por ese mundo al revés contemplando nubes con forma de pistola. Da igual. En nuestras mentes seguirán flotando fantasías de rock and roll mientras los niños cacen moscas, confundamos a las libélulas con hadas, capturemos eclipses y -por supuesto- afinemos cada día, por si acaso, las guitarras.

En una canción homenaje soberbia, Los Débiles describían a la perfección lo que otros como yo encontramos sin necesidad de buscarlo en la música de Lapido, y que en el fondo puede ser lo mismo que lo que siempre buscamos sin necesidad de encontrar en la rutina diaria. Por eso el rescátame sin ninguna duda es lo apropiado, y su última estrofa resulta sencillamente aplastante:

Quiero oírte hablar de sombras y fantasmas,
de sueños y el color de la desilusión,
de tormentas y de sol, de guerras y de armas,
de estrellas, adivinos...
y siempre de amor
y siempre de amor.

Treinta meses. Pero el tiempo es lo de menos. “Pero el tiempo –nos dice ahora- no tiene amigos, ni hace prisioneros al pasar: sólo deja al borde del camino cadáveres para enterrar

Nada malo. Treinta meses de tiempo transcurrido, y afortunadamente se produce una vez más el rescate, y de nuevo es posible volverle a oír hablar de todo aquello que sólo su música es capaz de transmitir y que –en este caso por ejemplo- hará real la fantasía hasta lograr trasladarnos fuera del mundo real cuya melodía inicial inevitablemente me evoca a otro tiempo y a otro lugar.

Porque de nuevo lo ha vuelto a hacer. Un pequeño adelanto como con los rincones secretos, y la impagable certeza de que a partir del día siete de abril habrá que preparar los epitafios y poner la otra mejilla porque el ángel del dios de la luz eléctrica habrá decidido volver para –tal vez- rescatarse en lugar de rescatarnos.

Que así sea.

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Cartografía

-Todo comienza a girar-

Contemplo el infinito horizonte que sólo el vacío es capaz de reflejar. Encerrado en la cárcel de vidrio espero paciente a que tus ojos se atrevan de nuevo a violar el silencio para escapar de la luz. Tus manos acarician mi piel inmaculada y vencida, doliente, que siempre naufraga en el abismo secreto custodiado por el imposible tatuaje de un sueño infernal.

El tiempo, sin ti, no amanece. El cielo es una mancha corrupta de soledad y abandono. El mar ha perdido el anclado misterio de tus ojos dormidos, y la luna se niega a brillar. El tiempo, sin ti, es el camino lineal de la torpe existencia controlada por el implacable compás de lo absurdo. Mañana el tiempo, sin ti, será ayer. Sin embargo...

Las líneas se cruzan y forman un mapa en tus manos. No tengo brújula y no veo la luz de aquel faro. Bailo la danza de la verdad: sombras chinescas, y electricidad. Cierro los ojos y hundo mis pies en el barro...

Y todo comienza a girar.

Todo equivale al instante en que tú decidiste que fuera real. Nada es capaz de frenar el impulso de un sueño cuando es imposible volver a encontrar lo perdido en la infancia. La niña que no se hizo mujer. La mujer que nunca fue niña. La nueva aventura que reposa en tus ojos modelando el silencio para darle sentido a la búsqueda de todo aquello que jamás sucedió.

La tempestad y el naufragio de los sueños prohibidos. La confusa soledad de la presencia incompleta. El necesario escondite de la lluvia en tu rostro. El feliz arco iris de tu sonrisa encantada. El impaciente misterio de tu mirada perdida. La eterna libertad de tus labios dormidos. El fugaz resplandor del deseo. El desierto sin luz. La certeza.

Recojo mil trozos de luna, de amor, y de llanto. Las piezas encajan y cobra sentido el pasado. Siempre el oasis está a un paso más mientras seguimos envueltos en oscuridad y me duermo escuchando el cuento que siempre he escuchado...

Y todo comienza a girar.

Otra vez, para siempre, otra vez. Volver es la anhelada esperanza que proyecta la sombra de una vida común alejada del resto de existencias afines. Volver es nombrar al espejo como máscara inútil que no impide detener el sacrificio. Ha muerto el niño para que nazca el adulto. Mañana el anciano regresará a su infancia en el limbo circular del recuerdo. Volver equivale a exigirle al laberinto que destruya su salida para crear una nueva bajo el curioso disfraz del fracaso.

La lenta caricia sobrevolando tu espalda desnuda. El acompasado vaivén de dos cuerpos añorando ser uno. El abrazo interminable del corazón malherido. La suave sentencia de la piel enlazada. La música errante del gemido inconsciente. El húmedo abismo de tu sexo entregado al placer. La derrota final. La paz alcanzada.

En nuestra prisión hay rendijas por las que va entrando un vendaval de deseo por el cual nos ahogamos en un naufragio sin nave y sin mar, haciendo señales que nadie verá, tu cuerpo se agita y yo me sumerjo en tus brazos...

Y todo comienza a girar.

Todo comienza a girar.

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-Último concierto-

-Anuncio oficial de la esperadísima reedición del "Último concierto"-

091. “Último concierto”. Edición décimo aniversario (Pentatonia Records)

Sale a la venta el 27 de junio de 2006

Se cumplen ahora diez años de la separación de 091. La banda granadina, que estuvo en activo desde el año 1982 hasta el 96, decidió poner fin a su carrera haciendo una gira de despedida cuyo último concierto fue grabado y editado en su momento. Fue el “testamento en vivo” de una de las bandas de rock más carismáticas de la escena española. Un testamento sonoro y visual que desprendía pasión y electricidad.

Diez años después del adiós de la banda, Pentatonia Records se dispone a reeditar aquel doble CD más un DVD que recoge las imágenes del citado concierto. Convenientemente remasterizado y con la inclusión de algunos extras en el DVD, se trata de un formato triple en digipack que estamos seguros de que viene a cubrir las expectativas de los seguidores del grupo. Y para los que no llegaron a conocer a 091, una oportunidad para descubrir a un grupo que facturó algunas de las mejores canciones de rock en castellano de todos los tiempos.

Pentatonia Records

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Portada

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-Último concierto-

Esta mañana me he vuelto a poner por enésima vez el "Último concierto" y he vuelto a sentir una inmensa satisfacción y agradecimiento por la existencia de una música de semejante calidad en castellano. Decir que es sin duda el mejor disco en directo de rock español que haya escuchado, la verdad es que es decir bien poco, o no decir nada. La opinión de críticos, profesionales, o diversos aficionados entendidos en la materia lo atestigua, y a pesar de su escaso reconocimiento comercial y masivo, no me resultaría nada difícil llenar páginas y páginas de comentarios donde el nexo en común serían las alabanzas hacia este grupo que ha dignificado el rock and roll manteniendo en todo momento una postura coherente y fiel de abnegada entrega y pasión hacia un tipo de música que desgraciadamente parece ser que está en horas bajas, y con escasas perspectivas de mejorar.

Recuerdo perfectamente el momento en que me compré este disco. Debía de ser a principios del año 1997. Me fui por la tarde al Fnac a la búsqueda de algún Cd reeditado de los años 80 que estuviera bien de precio (La Mode, Pistones, Derribos Arias, Brighton64, Glutamato, Alaska y los Pegamoides...) y al mirar en el apartado de 091 me encontré con “El último concierto” y fue entonces cuando me enteré de la despedida del grupo. También estaba el “Todo lo que vendrá después” con su preciosa portada que en otras ocasiones me había tentado pero no me decidí a comprar -algo que nunca lamentaré lo suficiente- y volví a tener dudas sobre cuál elegir. Como mi economía era escasa y gastarme más de dos mil pesetas de las de entonces me suponía un gasto considerable, estuve a punto de dejar pasar ese directo y buscar alguna oferta mejor pensando que más adelante podría hacerme con el disco. Menos mal que en uno de los reproductores estaba expuesto ese “Último concierto” y sin pensarlo dos veces con la contraportada ante mis ojos me puse a seleccionar la primera canción del primer cd, me enfundé los cascos, pulsé el botón de play, e imposible describir las sensaciones que me fueron invadiendo durante la más de media hora que transcurrió sin poderme creer lo que estaba escuchando. Iba eligiendo las canciones del grupo que no conocía (en esos momentos sólo había escuchado los discos “Cementerio de automóviles”, “Más de cien lobos”, “Doce canciones sin piedad” y “Tormentas imaginarias”), y desde el inicio quedé fascinado con temas como “Palo cortado”, “Este es nuestro tiempo”, “Todo lo que vendrá después”, “2000 locos”... ¿Cómo era posible un sonido tan bestial y arrollador, potente, y de semejante calidad? La descarga de rock en estado puro me impresionó, y encima después seguía “La noche que la luna salió tarde” y “Un camino equivocado” y en ese momento se puede decir que volví a la realidad y con el cd en mis manos ya bajaba las escaleras mecánicas para pagarlo y llevármelo a casa, y aunque pueda sonar pretencioso o difícil de creer, pasados los años, teniendo la perspectiva del antes y el después bien presente, puedo afirmar sin ninguna duda que ese disco fue en cierto modo culpable de un cambio lento y decidido en mi vida, no sólo en un aspecto meramente musical, sino en cierta prioridad a la hora de seleccionar y degustar otras inquietudes culturales que me transmitieran algo parecido, y con las cuales fuera moldeando mi personalidad. Literatura, cine, teatro, música... instrumentos fundamentales para que la imaginación se regenere constantemente y me permita afrontar el absurdo de la existencia de una manera mucho más confortable y llevadera.

Han pasado diez años y es cierto. Cada vez que escucho ese “Último concierto” es como si me sumergiera en otro mundo. Un mundo pasado e indefinido (los recuerdos buceando entre la farragosa memoria que fabrica la nostalgia), presente y contradictorio (en otro tiempo y lugar con la incandescencia e incertidumbre que hace agridulce la emoción), y por supuesto futuro e imperfecto (la amenaza del final del sueño sin estar preparado para todo lo que vendrá después)

Sin ninguna duda cuando el próximo 27 de junio encienda esa última cerilla y visione y escuche el último golpe de baqueta de Tacho González, el último aullido de José Antonio García, el último rugido de las guitarras de José Ignacio y Víctor, o el último acorde del bajo de Jacinto Ríos... sentiré que se ha parado el tiempo y pediré -esperando ver arder la ciudad bajo la luz de otras ciudades en llamas-un último deseo: que nunca se apague el fastuoso incendio del rock and roll que los Cero provocaron.

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El Ideal: edición impresa aparecida el miércoles 17/05/06.

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Diario Granada Hoy: edición impresa aparecida el sábado 13/05/06.

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Revista Efeeme: Junio 2006. Nº79. Artículo de Josemi Valle:

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-Con la boca abierta-

Así me he quedado y más o menos permanezco al recordar el fabuloso concierto que José Ignacio Lapido y su banda ofrecieron en la Sala El Loco de Valencia el pasado sábado uno de abril. Apoteósico, sublime, inconmensurable... son adjetivos que se quedan cortos a la hora de intentar describir o reflejar lo sentido y vivido aquella noche.

Un día antes, en Alicante, pude asistir igualmente al concierto que ofrecieron en el Aula de Cultura de la C.A.M y que fue –como esperaba por motivos obvios de localización-, completamente diferente a lo acontecido en Valencia. La verdad es que tenía la esperanza de que el concierto fuera en acústico, como así lo anunció un diario alicantino el mismo día del concierto, y de esta forma poder disfrutar de un repertorio diferente donde se incluyeran al igual que en Vigo o en León auténticas joyas del pasado (“Todo comienza a girar”) o tal vez esa maravilla actual, incluída en su último disco, y que lleva por nombre “Rincones secretos”.

Sin embargo la actuación fue eléctrica, y el buen hacer y profesionalidad de la banda lograron mitigar el gélido ambiente de un público prisionero en sus butacas que no podía exteriorizar todo lo que deseaba la fabulosa dosis de rock and roll ofrecida, destacando sobremanera el sonido que permitía diferenciar nítidamente cada instrumento (quizás como única pega el teclado estaba más bajo de lo preciso), haciendo de la escucha y observación de los intérpretes un auténtico deleite que compensaba el tener que estar sentados moviendo por inercia los pies, y conformándonos con aplaudir a rabiar al final de cada canción, presagiando en cierto modo lo que al día siguiente nos esperaba en Valencia.

Por otra parte el repertorio fue más limitado de lo habitual hasta el punto de prescindir de un segundo bis dejándonos con la miel en los labios de “Esta noche” y “Qué fue del sigloXX”, amén de perdernos en el único la emocionante audición de “Con la lluvia del atardecer” y anteriormente la poética “Agridulce”.

Por lo demás el vestuario de la banda estaba acorde a las circunstancias, y los cuatro músicos lucían corbatas oscuras a juego con la camisa arremangada del Maestro. A destacar las novedades que más me llamaron la atención respecto a Granada y Madrid, circunscritas en los coros (el nuevo bajista no participa en ellos y todo el peso lo ostentan con magistral sincronía Victor y Popi) y determinados arreglos y punteos de otras canciones que demuestran que la banda sigue creciendo y madurando el directo de la gira para ofrecer lo mejor de sí mismos como nuevamente quedó demostrado en un “Espejismo número 8” sencillamente magistral. Como anécdota en esta canción, la segunda y última vez que José Ignacio apuntaba su índice hacia el cielo, instantes antes de arremeter la estrofa final referente a los aviones supersónicos que se enredan en los dedos , Victor y Raúl se miraron esperando el momento justo para bajar los suyos a la vez , realizando un guiño cómplice que lógicamente provocó en quienes lo apercibimos una sonrisa de satisfacción y agradecimiento. Por último, respecto al nuevo bajista (era la primera vez que lo veía actuar) he de decir que me causó muy buena impresión manteniendo el tipo en todo momento, y particularmente percibí que tiene madera de excelente músico que a medida que va acumulando conciertos se crece en confianza y seguridad como quedó demostrado al día siguiente.

En definitiva fue un buen concierto, que presagiaba algo grande en Valencia ya que inevitablemente tanto el público como la banda nos quedamos con ganas de más, y en cierto modo se puede decir que el concierto de Alicante en esa especie de sala-teatro fue un suculento aperitivo o entrante para la apoteósica actuación de la Sala El Loco.
A la salida pude además aprovechar para adquirir el nuevo single de la banda, que no incluye sólo la acostumbrada cara B inédita, sino tres temas entre los que destaca el instrumental “Wrong place, wrong woman”, y que lógicamente es de indispensable pertenencia para todo seguidor del mejor ronck and roll facturado en este país.

El sábado amaneció soleado, y horas más tarde en la estación de tren pudimos ver a “otros como yo” que probablemente se dirigirían igualmente a Valencia, ya que uno de ellos llevaba una camiseta de Lapido, y recordé haberles visto la noche pasada en el auditorio. Tras apenas dos horas de viaje llegamos al hotel, y tras un breve descanso comenzamos a prepararnos para el concierto.

Menos mal que no teníamos aún las entradas, y eso nos hizo anticiparnos tres cuartos de hora, porque el maldito reloj nos la jugó una vez más y nos confundimos de hora, ya que estábamos convencidos de que la actuación empezaba a las once de la noche y no a las diez como oficialmente aparecía anunciado. De esta forma sobre las diez y cuarto estábamos en taquilla, y al ver que quedaban pocas entradas en uno de los fajos le pregunté al portero si se agotarían mostrando en su respuesta una tajante negación.

Algo sorprendido le inquerí por el aforo, y la cifra de cuatrocientas personas se me antojó excesiva para las dimensiones del local como pude comprobar una vez dentro saboreando la primera cerveza de la noche. Pasados unos minutos comenzó el espectáculo, y rápidamente nos situamos entre las primeras filas obteniendo una inmejorable primera impresión del ambiente que se percibía en la sala. Por un lado la distancia entre el público y los músicos era mínima, y la expectación máxima, así que quedaba la duda del sonido disipada en los primeros acordes de ese “Escrito en la ley” que es todo un acierto como inicio de programa. La voz se distinguía perfectamente en los momentos iniciales más suaves, y posteriormente se producía la explosión de sonido anhelada en ese estribillo mágico donde la sincronía entre guitarras, bajo, batería y teclados, era perfecta confirmando que la noche no había hecho más que empezar, y ya estábamos hipnóticamente entregados dispuestos a vivir con total intensidad la descarga de un rock atemporal maravilloso.

A continuación sonaron el nuevo single “No digas que no te avisé” y la encantadora “Bellas mentiras” con unos coros geniales que esta vez sí (lejos quedaba el “silencio sepulcral” de la noche anterior en Alicante) eran seguidos por la inmensa mayoría de la sala, que no podíamos dejar de movernos, y fundir nuestras gargantas, y contagiarnos del entusiasmo común de manera que el grupo lo apercibió y agradeció, transmitiendo lo bien que se sentían y lo mucho que igualmente disfrutaban dando lugar a un concierto sencillamente irrepetible. Y es que observar a sólo unos metros la manera en que Lapido sacaba de su Gibson unos riffs impresionantes que sonaban a gloria, acompañado por un Victor inconmensurable que no paraba de gesticular y sentir cada acorde interpretado, mientras el bajo seguía la estela de manera precisa y contundente, la batería se sometía al perfecto control de Popi, y Raúl por su parte –ahora de pie, ahora sentado- deslizaba con plena convicción y virtuosismo sus dedos por el teclado elevando el sonido conjunto a la categoría de música auténticamente celestial... ¿Cómo resistirse a semejante maravilla?

Se sucedieron los temas y “Alguien vendrá” me cautivó llegando a creer que realmente estaba durmiendo en campos magnéticos de poderosa electricidad sin dejar de levitar. Miraba a mi alrededor y todo el mundo se lo estaba pasando en grande. Más o menos medio aforo, lo cual si lo que dijo el portero era cierto, rondaríamos las doscientas personas aunque sinceramente creo que como mucho seríamos ciento cincuenta. En todo caso lo importante era la intensidad, y con “Nadie besa al perdedor” quedó claro que ya era hora de declarar bien alto que lo de músico de culto o “maldito” quedaba relegado precisamente a los perdedores, es decir, a todos aquellos que esa noche se habían perdido el concierto por ignorancia consciente o inconsciente, por no molestarse en buscar y conocer, comparar, descubrir... a un grupo que lejos de la consabida fórmula comercial amparada por el sistema de consumo masivo de música enlatada de usar y tirar, ofrecía la receta de esperanza caducada (aunque efectiva a más no poder) del cuidado y el buen gusto por los acordes fronterizos, los riffs que te ponen los pelos de punta, la armonía de los coros que dan el toque de gracia a la canción en el momento preciso, y además, por si eso fuera poco, unas letras excelentes que obran el milagro de fundir música y literatura en Arte con mayúsculas bajo la aprobadora mirada del más clásico y puro rock and roll.

Impresionante “Noticias del infierno”, y sobrecogedora y emotiva “Por sus heridas” donde Victor en un momento dado se coloca en el dedo un artilugio que no sé exactamente como se llama, para atacar con delicadeza unas notas preciosas que asemejan el sonido del teclado dejándome literalmente con la boca abierta. No podíamos parar de aplaudir y de vibrar, y Lapido aprovecha para soltarse y en una breve pausa anunciar la siguiente canción comentando que se trata de un tema algo antiguo (la sombra de los cero sobrevuela la sala, pero todavía no ha llegado el momento) indicando que es una canción de su primer disco que “como todos sabreis fue un gran éxito” Alucinante. Era lo que faltaba. Sonrisa general celebrando la aguda ironía que hermanaba aún más a público y músicos porque realmente era un éxito increíble el poder haber estado allí viviendo esos momentos que compensaban con creces el tener que viajar cientos de kilómetros para verlo. Merecía la pena, y sólo quedaba desear que volvieran a repetirlo una vez más, en un “Sigo esperando” apoteósico. Como igual de deslumbrantes fueron “Hasta desaparecer” o la cautivadora “Luz de ciudades en llamas” y demás canciones del repertorio. Para no alargarme aún más en lo acontecido pasaré a lo que para mí fue algo que no podré olvidar en mucho tiempo:
“Espejismo número 8”. Apoteósico. Lo que el grupo ha logrado fabricar en esta canción no tiene nombre. El éxtasis del rock and roll en estado puro. Si la furia y el desgarro de las guitarras de Victor y José Ignacio llegan a su máxima expresión, y la batería tiene igualmente su sustancial importancia, faltaba lo que mis ojos no podían creer que ocurriría. Víctor que deja de tocar y se acerca a Raúl y se dispone a observarle con los brazos cruzados mientras Pipo y el bajista ralentizan el tema, y entonces Raúl realiza un solo de teclado espeluznante al que Lapido en el lugar que antes ocupaba Victor va respondiendo con su Gibson SG, y al cabo de unos segundos casi eternos poco a poco cada músico vuelve a ocupar su lugar y la canción crece en sonidos y fuerza para dejarnos exhautos y felices completamente entregados a semejante prodigio.

Pero por si eso fuera poco a continuación comienza “Zapatos de piel de caimán” y el delirio general ya es casi incontenible. Lapido lo debe notar e incluso permite que sea el público el que termine el verso “... de piel de caimán.” en un estallido de gargantas y palmas sobrecogedor. Luego una pausa que aprovecho para pedir otra cerveza, y se inicia el primer bis mediante la emotiva “Con la lluvia del atardecer” con la voz de José Ignacio acompañada únicamente por el teclado de Raúl. Vuelve a salir el grupo y le toca el turno a “No queda nadie en la ciudad” y ahora mismo no recuerdo el orden exacto de las siguientes ni cuándo llegó el segundo bis. Sólo sé que por primera vez en mi vida pude escuchar en directo “La noche que la luna salió tarde” y claro, imposible describir lo que sentí, o mejor dicho sentimos los presentes porque de nuevo fue únanime la respuesta del público. No hay suficientes palabras de agradecimiento por lo bien que lo estábamos pasando, y aunque el cansancio fuera haciendo mella afortunadamente aún quedaban fuerzas para la traca final. “En el laberinto” (¿o ésa ya la toco antes?) y de nuevo toda la sala vibrando, y cómo no, “Esta noche” y sobre todo ese himno imperecedero bestial y apabullante que lleva el nombre de “Qué fue del sigloXX” Imposible despedirse con algo más grande. El perfecto colofón para una noche mágica donde quedó demostrado que el grupo está en estado de gracia y cada vez suenan mejor, lo cual es una estupenda noticia para albergar esperanzas de que podamos seguir disfrutando mucho tiempo de su música, aunque (se me habia olvidado señalarlo anteriormente) como el bueno de Victor comentó cuando le tocaba el turno de presentar a Lapido una vez que él hizo lo propio con el resto de la banda: “componiendo, cantando, interpretando, pagando...” Pagando. Que a Lapido le cueste dinero realizar su obra es una injusticia más de esta absurda tecnocracia capitalista que confunde consumo con cultura.

Ojalá que a José Ignacio y su banda les siga compensando en el terreno emocional y artístico el seguir componiendo y subiéndose a un escenario por mucho tiempo, y que por supuesto lo de pagar no fuera necesario, o bien porque por fin buena parte de la masa social que se dice seguidora de la música rock se molestara en conocer precisamente lo que realmente significa esa música, o bien porque desde las administraciones públicas (sic) en lugar de subvencionar giras de “triunfitos” o Andys y Lucas, apostaran de una vez por la cultura musical en lugar de prostituirse por vano afán electoral insultando y faltando al respeto a las minorías cualificadas por los profesionales y entendidos en la materia. Por eso conciertos como los que ofrece Lapido son algo digno para celebrar y recordar, y congraciarse en estos tiempos tan difíciles con el maltrecho rock and roll.

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