[Inés, refiriéndose al concierto de Sevilla del pasado 17 de noviembre, escribió en un foro lo siguiente]

"Yo fui por algo al concierto, algo que luego no encontré allí, ni antes ni durante ni después, pero sin duda y estoy muy convencida, salí diferente a como entré. Y aunque pudiera parecer que salí peor de como entraba, todo es siempre subjetivo.

Y en un momento de búsqueda, aunque no encuentres tu recompensa, lo enfrentado, perdón, encontrado, puede que haya sido algo más necesario.

En cualquier caso y sin ninguna duda Lapido seguirá trayendo lluvia a Sevilla."

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Cuando leí esto antes de ir a Granada me quedé estupefacto en el buen sentido. Es decir; maravillado. Irremediablemente se me venían a la cabeza las notas y acordes de esa balada fascinante que es "Nadie encuentra lo que busca" y además lloviendo. ¿Qué más se puede pedir? Por eso durante mi primer concierto el pasado dos de diciembre, no pude evitar acordarme de aquellas palabras e intentar sentir en lo posible lo que me transmitiría ese concierto sin conocer casi ninguna de las canciones, y me imaginé que si cantaran por ejemplo en mi "incompatible" inglés ¿Qué pasaría entonces?

No sé por dónde empezar a describirlo. Cinco músicos reunidos con la intención de ofrecer un auténtico concierto de rock and roll ante cientos de espectadores más preocupados en observar y disfrutar cada instante de la actuación, iluminándose, recreándose en la contemplación del prodigioso espectáculo, que en lugar de dar rienda a los naturales instintos y perderse buena parte del concierto saltando y dando botes deslumbrados por la poderosa descarga apasionante de maravillosa electricidad que a todos nos ofrecía el sonido y la visión de aquellos cinco músicos subidos al escenario.

Porque no se trataba de deslumbrar; no le pedíamos al Maestro y su banda fuegos de artificio, efectos especiales, decorado o esceneografía “multimedia” (sic), monólogos de cantautor, etcétera, etcétera... sino simplemente el asistir honestamente a vivir y sentir lo prometido: un concierto de rock and roll “en otro tiempo, en otro lugar”

Y efectivamente eso fue lo que sucedió. Salida al escenario, primeros acordes, y esos cinco músicos ya estaban disfrutando y pasándolo en grande ofreciéndonos su música con total naturalidad. Al fondo la inconfundible presencia de Popi en la batería, y a unos metros de distancia la agradable y maravillosa sinfonía del teclado a cargo de un Raúl perfectamente acoplado al resto de la banda donde, en primer plano, a la derecha del Maestro, Víctor y su corbata roja acariciaban con fiereza y pasión (o delicadeza y sosiego según las circunstancias), las cuerdas de una guitarra eléctrica en constante guiño y sincronía con la imperecedera y sublime SG burdeos del Maestro, mientras al otro extremo del escenario el inconmesurable bajo de Sergio se mostraba activamente dispuesto a agradecer en su despedida de la banda tan grata compañía en el arte de interpretar canciones que si ya de por sí en el estudio resultan hermosamente iluminadoras del magnetismo primigenio que irradia el rock and roll, en directo levantan pasiones capaces de desatar la locura como bien comentó el gran Jesús Arias en su crónica del concierto en el diario Granada Hoy.

Está escrito en la ley que deslumbrar es relativamente sencillo en la actualidad musical que nos ha tocado vivir, y por eso iluminar queda al alcance de unos pocos que sigan manteniéndose fiel al deseo de ofrecer su talento interpretativo como muestra de admiración y respeto hacia la música que adoran y que en sus manos contagia satisfacción y armonía, y que acaba inexorablemente iluminando esos rincones secretos del alma por los que penetra mostrándonos con nitidez el mundo imposible con el que siempre soñamos a la hora de intentar describir un instante de felicidad.

(...) Hay culturas que tratan de iluminar, como algunos sectores de la cultura oriental. ¿En qué consiste? En profundizar dentro de uno mismo. Escuchar al maestro, guardar silencio, meditar, esperar a ver qué ocurre. Otras culturas viven hacia afuera, con gestos apresurados y estrépitos exteriores, más pendientes de los resultados que del proceso de aprendizaje. No puedo profundizar en el tema cultural en tan pocos minutos, pero me entenderán con un ejemplo cotidiano. Una vela, un quinqué dan luz, iluminan, permiten ver; en cambio, unos focos deslumbrantes ciegan, dificultan la visión. (...) Pero vivimos en una sociedad y en una época que trata de deslumbrar y no de iluminar. Se aprecia mucho más una gran orquesta que una liderista cantando una canción de Schumann acompañada de un piano. Gustan más los decibelios, los efectos especiales, el ruido, la parafernalia que la voz de un cantante con una simple guitarra y vestido sobriamente. Dicen que vivimos en la era de la información, pero la información, con sus excesos, se utiliza para desinformar." (...)

(José Luis Sampedro, "Escribir es vivir" págs 258 y 259)

Y así, iluminados por la luz de neón de las ciudades soñadas, fuimos privilegiados espectadores de la sucesión de temas de su nuevo disco donde la gran ausente fue precisamente la canción de “Rincones secretos”, lo cual me provoca la afortunada posibilidad de seguir especulando sobre el próximo single del disco, ya que antes tenía clarísimo que debería de ser esa canción y sin embargo al no entrar dentro del repertorio, al ser uno de los dos únicos descartes, ahora no sé qué pensar. Y lo maravilloso es que hoy mismo en Madrid podré comprobar en directo si el descarte fue un hecho puntual o se trata de una posible sentencia definitiva al respecto.

Para resumir, como momentos especiales de la noche o, mejor dicho, momentos sublimes de la misma porque especiales fueron todos, destacaría la palpable demostración de que la elegancia y el buen gusto no está reñido con la potencia y contundencia que puedan descargar dos guitarras eléctricas, un bajo, unos teclados y la batería dando forma a unos minutos impagables de deleite auditivo sobre todo en los estribillos de esas dos canciones irremediablemente siamesas que son “No digas que no te avisé” y “Bellas mentiras”

Igualmente destacaría la belleza imposible de cicatrizar que responde al nombre de “Por sus heridas” con unos teclados y coros en estado de gracia; o la descarga rabiosa y encendida de un “Más díficil todavía” donde era imposible escapar al deseo de ¡Agua! ardiendo complacidos en ese infierno musical, plenamente incendiados por los solos del Maestro y de Víctor genialmente acompañados por el resto de la banda. ¿Y qué decir del momento en que la emoción alcanza cuotas imposibles al escuchar los primeros acordes eléctricos que dan forma al Espejismo Nº8 que yo sólo conocía en su versión acústica y que me dejó totalmente noqueado? Demasiado complejo intentar expresar algo que tal vez sólo se pueda sentir al reafirmar que el brujo puede hacer que llueva y el viento hace que enloquezca en un “Sigo esperando” donde desde el primer momento todos precisamente enloquecimos como si se tratara de una canción de los Cero. Y resulta curioso retomar el inicio de esta crónica con las palabras finales de Inés (“En cualquier caso y sin ninguna duda Lapido seguirá trayendo lluvia a Sevilla”) y comprobar que efectivamente tanto el día 17 de noviembre como el día 1 de diciembre Lapido trajo la lluvia a Sevilla, como el día 2 de diciembre la trajo a Granada, y entonces tal vez empezar a dudar de si además de Maestro resulta que también es un Brujo que no podrá hacer que ella vuelva pero sin duda alguna junto a su banda hace posible que sigamos soñándola y deseándola, esperándola como si de Venus por ejemplo se tratase bajo la bendita lluvia musical de un tema sencillamente colosal. Y ya que he hablado de lluvia, el primer bis de la noche no podía ser otro que el regreso de Lapido al escenario acompañado únicamente por el teclado de Raúl para interpretar la preciosa “Con la lluvia del atardecer” dejando atrás definitivamente cualquier duda sobre su papel de vocalista y demostrando que su voz no será un alarde de virtuosismo pero sin duda lo es de personalidad y entrega incondicional a la música que nos ofrece y que logra transmitirnos una sensibilidad especial que una simple voz “bonita” y “coreógrafa” al estilo de la Academia de los Horrores de O.T nunca será capaz de igualar. Y esos coros... iniciada la canción aparecen Victor y Sergio, sin guitarras, sólo voz, compartiendo micrófono y dejando a José Ignacio al final de la misma solo ante el únanime grito de “Maestro” de toda la sala que hizo que emocionado nos dirigiera unas palabras sobre algo que no tenía “parangón”

Me dejo para el final unos versos de Enrique Urquijo que recientemente en el sexto aniversario de su desgraciada muerte me han vuelto a impresionar al tratarse de su última canción (“hoy la vi” y no puedo menos que evocar nuevamente en el plano absoluto de la irrealidad a Venus) y donde nos suelta sin piedad que “la nostalgia y la tristeza suelen coincidir” para posteriormente declarar que “han llovido quince años que sobreviví”, y claro, entonces Lapido comenta como antesala a la siguiente canción algo parecido a “la compuse hace quince años” para al instante rectificar dicendo que dieciseis y dar comienzo al apoteósico espectáculo final: ni más ni menos que la entrada “En el laberinto” Intentar explicar lo que uno puede llegar a sentir al escuchar ese tema por primera vez en directo en versión de su propio autor es inútil. A estas alturas ya no existe salvación posible -ni siquiera aunque “No quede nadie en la ciudad”- porque nuevamente se ha obrado el milagro y una excelente y conmovedora canción acústica se transforma en una bestial exhibición de energía y electricidad con unos coros taladrando maravillosamente el título honónimo de la canción hasta que, entregado y felizmente resignado a la incertidumbre, cómo no, se hace agridulce inevitablemente la emoción ante la suprema incandescencia final de “Esta noche” y sobre todo “Qué fue del siglo XX”.

Nostalgia ante el paso del tiempo presente en el impagable recuerdo a 091; tristeza ante lo ignorante que es la “masa” que alienada consume la música prefabricada por los causantes de su propia alienación y no es capaz de interesarse o profundizar y descubrir el auténtico privilegio que supone escuchar la música que gente como Lapido nos sigue ofreciendo con estoica e incuestionable profesionalidad. La verdad es que uno no sabe cómo apreciar y agradecer el que siga componiendo nuevas canciones para ofrecérnoslas donde buenamente le permitan tocar y, como el pasado dos de diciembre en Granada, nos transmita con naturalidad que si lo sigue haciendo es por simple necesidad vital, por lo mucho que disfruta encima de un escenario acompañado de su eterna Gibson y pasando un buen rato junto a otros músicos y sus instrumentos y haciéndoselo pasar a todo aquel que se decida a acudir a uno de sus conciertos.

Por mi parte, sobra decirlo, sin ninguna duda esta noche, en Madrid, en la mítica sala Sol... allí estaré.

No se lo pierdan.

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Fechas

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