Lentamente cobra forma el espejismo inicial de un nuevo salto al vacío, la enésima escapada del mundo ininteligible y quizás por ello necesariamente real, y donde siempre es posible perder el equilibrio para seguir andando -por ejemplo- sin poder avanzar, o lograr desaparecer de una manera tan simple como la de cerrar los ojos durante cinco segundos. ¿Más difícil todavía? Sin duda olvidar cambiar las reglas del trayecto que nos conduzca a los suburbios del mundo real, y así poder -sencilla y constantemente- vivir de espaldas a todo aquello que no sea otro tiempo u otro lugar. Duración y espacios relativos. El perseguidor de un minuto y medio capturado por ese cuarto de hora que no puede evitar impresionarnos al silbar su melodía. No importa. El carrusel seguirá abandonado -terminará otra vez la función- y lentamente cobrará forma el espejismo inicial de un nuevo salto al vacío mientras volvamos mañana -siempre mañana- a sentirnos más viejos al brindar de madrugada por ese mundo al revés contemplando nubes con forma de pistola. Da igual. En nuestras mentes seguirán flotando fantasías de rock and roll mientras los niños cacen moscas, confundamos a las libélulas con hadas, capturemos eclipses y -por supuesto- afinemos cada día, por si acaso, las guitarras.

En una canción homenaje soberbia, Los Débiles describían a la perfección lo que otros como yo encontramos sin necesidad de buscarlo en la música de Lapido, y que en el fondo puede ser lo mismo que lo que siempre buscamos sin necesidad de encontrar en la rutina diaria. Por eso el rescátame sin ninguna duda es lo apropiado, y su última estrofa resulta sencillamente aplastante:

Quiero oírte hablar de sombras y fantasmas,
de sueños y el color de la desilusión,
de tormentas y de sol, de guerras y de armas,
de estrellas, adivinos...
y siempre de amor
y siempre de amor.

Treinta meses. Pero el tiempo es lo de menos. “Pero el tiempo –nos dice ahora- no tiene amigos, ni hace prisioneros al pasar: sólo deja al borde del camino cadáveres para enterrar

Nada malo. Treinta meses de tiempo transcurrido, y afortunadamente se produce una vez más el rescate, y de nuevo es posible volverle a oír hablar de todo aquello que sólo su música es capaz de transmitir y que –en este caso por ejemplo- hará real la fantasía hasta lograr trasladarnos fuera del mundo real cuya melodía inicial inevitablemente me evoca a otro tiempo y a otro lugar.

Porque de nuevo lo ha vuelto a hacer. Un pequeño adelanto como con los rincones secretos, y la impagable certeza de que a partir del día siete de abril habrá que preparar los epitafios y poner la otra mejilla porque el ángel del dios de la luz eléctrica habrá decidido volver para –tal vez- rescatarse en lugar de rescatarnos.

Que así sea.

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