Cuando hace unos meses se confirmó la fecha de publicación del nuevo disco, la única expectativa que me planteé al respecto fue la de poder escucharlo. Así de simple. Que el contenido musical del mismo fuera de una forma o de otra, en el fondo no dejaba de ser una especie de lúdico pasatiempo hasta que llegara el anhelado instante de conseguir despejar la incógnita con la escucha definitiva del disco. Con eso bastaba. No me importaba que fuera más o menos rápido-lento, instrumental-vocal, acústico- eléctrico, etcétera-etcétera. Lo que me importaba es que se trataba de un nuevo disco de José Ignacio Lapido, y eso de por sí ya era suficiente garantía –hasta que pueda demostrarse lo contrario- de contrastada calidad musical y literaria.

Y ahora -un mes después de concluida la espera y resuelto el pasatiempo- debo reconocer que una vez más ha vuelto a superarse con una Cartografía que -desde el sugerente y original diseño de su portada- nos incita a recorrer un trayecto por doce estimulantes canciones a modo de estaciones rebosantes de lirismo y electricidad, y que nos trasladan por ejemplo desde Zürich (realidad física casual) al interior de un corazón donde siguen afortunadamente girando a su alrededor auténticas fantasías de rock and roll.

Y lo primero que me ha sorprendido en este apasionante viaje musical, es el papel principal protagonista que posee la voz a la hora de confeccionar el ritmo y el tiempo de cada canción. Largo de contar es buen ejemplo de ello. Lejos quedan ya los potentes Ladridos del perro mágico donde en la mayoría de los temas su voz quedaba relegada a un consecuente segundo plano en favor de las guitarras eléctricas. Y qué decir de los coros, por ejemplo señalar que el juego de voces realizado en El ángulo muerto es la estocada perfecta para completar una prodigiosa canción. Y si la evolución musical en este apartado resulta evidente, no lo es menos en cuanto al apartado instrumental donde reafirma las líneas trazadas por su antecedente más cercano (En otro tiempo, en otro lugar), puliendo aún más cada acorde y sacrificando la constante intensidad de los decibelios por su presencia puntual en el momento oportuno.

Luego ya en cuanto al contenido de las letras, la evolución es igualmente admirable. Porque si bien la temática es recurrente en cada uno de sus discos, no lo es ni la forma de enfrentarse a esa temática ni el desenlace final de la lucha, un nuevo paso adelante que separa aún más la frontera de la realidad y el deseo. La absurda realidad cotidiana que absorbe la mayor parte del tiempo de nuestra existencia, y la posibilidad cada vez más explícita y detallada de –siendo conscientes de que siempre ha sido y será así- optar por la retirada de ella gastando el resto sobrante del tiempo que cubre las monótonas y rutinarias obligaciones diarias, en crear otro tiempo y lugar donde sea posible hacer real la fantasía. Lapido lo consigue componiendo e interpretando canciones, y en este nuevo disco lo refleja con mayor claridad. Aunque nadie nos vea por estar siempre en el ángulo muerto del éxito teledirigido por el sistema, podemos tomar ese fracaso como punto de partida para viajar al absurdo una vez más alejándonos de un mundo imposible de entender. ¿Cómo? Me doy por vencido. Ya no hay marcha atrás. Se repite la derrota anunciada. El Cuento de Nunca Acabar. Y entonces la salvación. Ya me sé el camino: nada malo me puede pasar si averiguo –por ejemplo- en qué consiste el truco. Pero no el que nos hace caer en la alienación consecuente a todo sistema de masas mediante elevadas promesas, hipnóticos discursos… sino aquél que sencillamente nos posibilite desaparecer de esa escena para trasladarnos a otra donde podamos –gracias a la expresión artística- fabricar ilusiones, esperanzas, sueños… cuyo único fin y principio resida en la música. Desde luego este disco rebosa de entusiasmo vital hacia ella, y eso se percibe claramente en la contundente belleza de composiciones como Escala de grises o Nunca se sabe. La verdad y la mentira –a solas con mis recuerdos- suelen confundirse y más –ya lo sabemos- cuando se apaga la luz y las luciérnagas nos iluminan el eterno camino que no tiene fin. El nivel alcanzado en las letras es casi insuperable (evocar a Lorca, Tarzán, y Nosferatu en un mismo tema creando una sorprendente y fabulosa, fascinante, canción, es buena prueba de ello) y -como decía al comienzo de este extenso párrafo- se percibe en las mismas una evolución que no presagia nada malo sino todo lo contrario. Ya me sé el camino y no hay marcha atrás. La senda es sin duda el rock and roll, y en esta gira podremos comprobarlo una vez más.

Imprescindible.

Porque si en estudio suena de maravilla y escuchar y sentir las canciones es un auténtico placer, en directo es sencillamente espectacular. El grupo –cómo no mencionarlo- también se ha superado y refuerza su presencia en los arreglos y voces, y es imposible no recrearse en la profesionalidad y calidad del conjunto al recordar cómo fueron capaces de transformar una canción lenta y acústica –como por ejemplo No queda nadie en la ciudad- en una explosión eléctrica de impresionante y emotiva intensidad que sin duda promete repetirse para este disco sea cual sea la forma elegida. Material no les falta –en todo caso les sobra- y como nos encanta tropezar, nos han cerrado el limbo, y nunca se sabe lo que nos reserva el azar, volveremos mañana a ese bar en penumbra –se llame Cielo o La antesala del dolor- a saborear la mejor excusa para no salir de allí y descubrir por enésima vez en qué consiste el truco aunque nadie sepa –afortunadamente- decirnos la verdad.

+