14 Marzo 2006
"Aunque quedan piezas por encajar, ya sé que el fallo está en la realidad" [Doctor Divago "Me desmayé"]
"Deja sonar la música una vez más, sólo una vez más."
[J.I Lapido, "Pájaros"]
-Ladridos del perro mágico-
-Necesito recuperar las sensaciones vividas por el niño que fui. Detener el reloj para hacerlo girar al instante en dirección al olvido de la obtusa racionalidad impuesta por el paso del tiempo.
-Cuando el perro infeliz que le aullaba a la luna era un lobo. ¿Recuerdas? No necesitabas identificar la realidad para sentir que la vida era un mágico sueño repleto de infinitas aventuras que descubrir y dar forma gracias a la imaginación del silencio.
-La imaginación del silencio y la oscuridad de la noche. Donde todo sonido de las sombras iluminaba la fantasía de la soledad desnudando el misterio y haciendo posible engendrar de la nada el todo, y del todo la nada. No sé por donde empezar a cicatrizar la nostalgia.
-Sé muy bien que el destino guarda cartas en la manga. Como tú sabes muy bien que al borde del abismo...
-...nos han visto crecer. ¿No comprendes? Perdón por el cambio de verbo, pero necesito encontrarle un sentido a la huida. ¿Ves? La dichosa racionalidad surgida ante el paso del tiempo. Crecer y crecer. Escapando del mundo. Cerrando los ojos cinco segundos hasta desaparecer como fugitivos que se dicen adiós para volver a ser niños. No sé por donde empezar a desangrar el pasado.
-Pisando la luna, inventando la rueda, o besándome en la oscuridad. Los deseos incumplidos no existen. No al menos instalados un minuto antes de la realidad donde la huida que tanto te inquieta forma parte de un mismo sueño que no tiene fin. ¿Por qué te resulta tan difícil aceptarlo?
-Ya que mencionas a los sueños que no tienen fin... Recuérdame el final de un solo sueño, sólo uno, y al hacerlo comprobarás que sea cual sea ese sueño, al recordarlo ya habrá finalizado y su final será el mismo de todos tus sueños: el momento en que despertaste. No hay vuelta de hoja y sin embargo...
-Diecisiete osos de peluche buscan algo en que creer...
-Y ese algo no podremos conocerlo jamás porque nadie, absolutamente nadie, encuentra lo que busca. ¿Sabes? Otra vez ante el espejo ha aparecido su sombra como recuerdo de un olvido. Pero esta vez no rescaté de la memoria aquellos versos de Cernuda sino que simplemente esperé.
-Esperando nada, supongo, como el ilusionado regreso de ese chico triste y solitario implorando no marcharse mañana pese a tener que soportar ese título descriptivo tan oportunista y dolorosamente morboso en su posterior homenaje. Perdona. ¿Esperaste? ¿O más bien renunciaste?
-La chica de ojos color esmeralda espera al que nunca vendrá. Está escrito en la ley. La renuncia del que ya no espera nada es un muro infranqueable para toda ilusión hipotecada en la obtención de un algo material y concreto. Penélope tejiendo nuestra propia mortaja. ¿Así se hace eterno el instante y la última página antes del fin?
-Esperanza: bendita enfermedad que no tiene cura. La misma Penélope deshilando por la noche lo realizado por el día. Me enseñaste a ser capaz de mentir diciendo la verdad, a naufragar en el recuerdo cada amenaza del olvido, o a ser intensamente deslumbrada por la escondida luz de una sombra futura: la eternidad en tus ojos azul tormenta.
-No puedo mirar tu sonrisa sin temblar. Pocas canciones han logrado vaciarme de esa forma. No tengo nada que hacer. Y esas velas que en tu cumpleaños un día...
-¿Estamos tirando a dar? Tu viejo tirachinas con el cuero gastado aún celebra la caza. Tal vez sea posible encontrar algo entre las ruinas si la impoluta realidad no es capaz de contabilizar tres billones de latidos en un solo corazón. No me mires así. Únicamente estoy imaginando a quien no conocí y sin embargo recuerdo cada vez que regresas y te vuelves a ir.
-No te salves ahora, ni nunca. No te salves. Te ofrezco la ceniza del tiempo no pasado como ansiada penitencia para seguir modelando castillos en el aire sobre arenas movedizas. El espejo se ha roto en dos pedazos, y sólo sangra la imagen del niño perdido en el cruel laberinto de la corrupta memoria.
-Espera. ¿Cuál es la otra imagen? ¿Por qué intentas siempre ocultar su reflejo?
-Persiguiendo sombras busco algo más que un perfil. ¿Continúo? No se acaban las calles, el pintor y la modelo, o sólo pienso en ti. Sílbame aquella olvidada melodía de Charli Parker para que pueda volver a ver tu cara reflejada en el estanque, ardiendo sobre un lienzo de agua, y sumergirme en un sueño hasta volverte a encontrar en otro tiempo y lugar. El Perseguidor perseguido y finalmente abatido por Las Armas Secretas o una pantalla de cine. ¿Descubriste por fin el título de aquella canción que hablaba de un pájaro enjaulado? ¿Quieres que siga? La otra imagen no existe y pese a todo necesito recrearla para negar el reflejo de la única posible.
-¿Cuál?
-Ponle el nombre que quieras: Rocío, Eva, Lucía.... porque siempre es el mismo.
-Alicia jamás atravesó aquel espejo, Dorothi nunca volvió a despertar, y pese a todo aún puedo impresionarme imaginando a la niña que fui. ¿No te basta con eso?
-Me basta y me sobra, pero en el caso contrario...
-Lo sé: la bailarina que se ha marchado con otro a ver amanecer mientras el vagabundo de las azoteas contempla el carrusel abandonado de la última función. No puedes evitarlo. Lo sé.
-¿Entonces?
-Coleccionemos días tristes como las caricias que ya dimos por perdidas. Capturemos eclipses. Sigamos confundiendo a las libélulas con hadas. Observa: La función terminó y no ha habido aplausos. Volveremos mañana.
-¿Una vez más?
-Siempre una vez más.
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15 Febrero 2006
"Un momento antes de besarte; un instante para nuestro adiós; no me importa perdérmelo todo; un milisegundo de dolor. Un minuto antes del naufragio, antes de chocar contra el iceberg, mientras la orquesta sigue tocando esa canción titulada 'Ayer'"
(Doctor Divago, "Un minuto antes de la realidad")
"Búscame en la encrucijada, tráete la luz de una vela."
(José Ignacio Lapido, "En algún lugar de la medianoche")
-Un minuto antes de la realidad-
La vida que siempre se consume. Enciendo la vela y en tus ojos se ilumina la penumbra. No existe el recuerdo. Sólo existe la vida. La vida que siempre se consume. La vela que dibuja luz y sombra en tu memoria. La mirada del olvido escondida en la profunda soledad de los deseos.
La vida que siempre se consume.
Atrapemos cada instante de duda detenida al final de cada sueño. Cuando lucha la vigilia por vencer a la consciencia. El espacio indefinible donde habita la esperanza. Imaginando, provocando, transformando, confundiendo realidades que a medida que la cera de la vela se derrite –la vida que siempre se consume- forman parte cada nuevo despertar de ese limbo donde la memoria guarda las derrotas, y naufraga Robinson en el vientre de una ballena mientras Jonás pone en venta su soledad en una isla turística, y todo es posible porque nada es real, o todo es real porque nada es posible. El todo y la nada. La vida que siempre se consume. El espejo reflejando dualidades. La nuestra detenida al final de cada sueño, instalada un minuto antes de la realidad, donde recoge la duda su siembra, y el corazón es finalmente abatido.
Apago la vela, y en tus ojos se desnuda la nostalgia.
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8 Enero 2006

“Nada es distinto: por eso pediré más de lo mismo... hoy”
Ocho días después del concierto de Granada tuve la oportunidad de asistir a mi segundo concierto de José Ignacio Lapido. Desde el primer instante en que conocí las fechas de la gira comencé a barajar posibilidades decantándome finalmente por los días dos y diez de diciembre -Granada y Madrid respectivamente- cada uno de ellos con sus razones personales y particulares que hicieran más especial aún si cabe la elección y por supuesto la emoción.
Sin embargo a la hora de sacar la entrada para el concierto de Madrid me esperé a regresar de Granada asumiendo el riesgo de quedarme sin ella por no ser lo suficientemente previsor al respecto. La razón principal consistía en una especie de desafío científico. Por un lado tenía la absoluta certeza, la inexcrutable fe, de que independientemente de lo que pasara en el concierto de Granada (la primera vez que asistiría a un directo de Lapido) desearía estar igualmente presente en el concierto de Madrid, y por otro lado deseaba poner a prueba lo soñado enfrentándolo a la realidad. Es decir, que si la puesta en escena de Granada no cumplía con las expectativas depositadas en ella pues no merecería la pena repetir en Madrid. Más que nada porque mi principal objetivo era simple: disfrutar y pasarlo bien viviendo y sintiendo el mejor rock and roll que yo he escuchado en lengua castellana, y claro, si eso no se cumplía... ¿para qué reincidir? La trampa, el engaño, o la bella mentira, era intrínseca a la propia duda en el sentido de que a pesar de producirse ésta y no disfrutar lo suficiente el concierto de Granada, aún tendría la posibilidad de ratificarlo una semana después en mi ciudad asumiendo que no tendría nada que perder (salvo un par de horas de tiempo) y sí mucho que ganar (la satisfacción y felicidad ante el deseo cumplido) Así que, en definitiva, pasara lo que pasara en Granada estaba convencido de que repetiría y por eso una de las primeras cosas que hice al llegar a Madrid fue sacar por internet mi entrada, y si no lo hice la misma madrugada del viernes una vez regresé del concierto fue por culpa de que el hotel donde me alojaba no disponía de conexión a internet y no podía realizar algo tan simple como encender el portátil, dirigirme a la página web señalada, y sacar la entrada. A cambio, eso sí, la habitación ofrecía una ventana con vistas a un muro dentro del recinto de La Alhambra que hacía necesario escuchar “De mal en peor” sintiéndose un niño cuyo único mensaje que le escribe al mundo no es la ausencia de ilusión, sino la ausencia de ambición en el sentido de que a pesar de que con el paso del tiempo no quede nada por hacer para salir del absurdo, con pedir más de lo mismo hoy es suficiente para hacer soportable la existencia. Así que en justa penitencia por mi absurdo experimento debía esperar un día y medio para asegurarme la dichosa entrada, pero poco importaba: me sentía inmensamente feliz por el concierto ofrecido y encima disponía aún de día y medio para seguir conociendo una ciudad como Granada en la mejor compañía posible.
Entonces comprendí que lo que a partir de ese instante deseaba que ocurriera en Madrid era que nada fuera distinto, el mismo guión y argumento, más de lo mismo hoy, porque era plenamente consciente de que con eso me bastaría para ser feliz ya que a pesar de que cambiarían los nombres (Sala El Sol en lugar de La Copera), cambiarían los sitios (Madrid por Granada), y se desbaratarían coincidencias todo seguiría siendo igualmente ficticeo porque no pueden existir dos actuaciones idénticas y por eso sencillamente me alegré de que en cuanto al contenido el concierto de Madrid fuera un calco al de Granada. Es lo que anteriormente decía acerca de la ilusión y la ambición. Ser consciente de que obteniendo más de lo mismo basta para que merezca la pena asistir a este concierto, posibilita además que cualquier variación que se produzca sea celebrada con entusiasta ilusión al sentirme plenamente partícipe del inmenso espectáculo que una banda de rock desea –honesta y apasionadamente- ofrecer. Y la verdad es que poder disfrutar de esta maravillosa música en directo hoy en día, en este tiempo y en este lugar, es razón suficiente para repertir las veces que haga falta el mismo guión y argumento, la misma escena, la misma función y por supuesto el mismo espectador, sin necesidad de ambicionar algo que sin duda en ese mismo instante ya se estaba produciendo porque, aun siendo más de lo mismo, todo era distinto gracias a que estamos hablando de música “en vivo” y no “enlatada” Y si la música enjaulada en un cd o disco de vinilo, condenada siempre a sonar igual, idéntica, una y otra vez en cada escucha, es capaz de transmitirme diferentes emociones según las circunstancias personales y sentimentales que en ese determinado y concreto instante de la escucha se produzcan en mí... ¿qué decir de una actuación en directo? Personas reales, de carne y hueso, a unos metros de distancia del público usando sus instrumentos (batería, teclado, guitarras eléctricas, bajo, y por supuesto la voz) para comunicarse constantemente de esa forma entre sí y tal vez conseguir transmitir lo maravillosamente bien que se sienten tanto el músico como el espectador al usar como únicos medios de expresión, a uno y otro lado del escenario, sentimientos de rock and roll. Si eso se produce, si se tiene la inmensa fortuna de vivir y experimentar algo así, no es extraño reconocerme una semana después acudiendo a un concierto al que sólo le exigía más de lo mismo mientras las nubes me acompañaban por las calles de Madrid y pensaba el por qué simplemente ese lugar, la sala Sol, hacía que ya todo fuese diferente y propicio a revivir, pese a tantos y tantos días de tedio y desencanto, una nueva fantasía de rock and roll ya no sólo en mi mente sino en cada uno de los pasos que daba sobre las nueve y media de la noche por una desierta calle Jardines para recoger mi entrada con tiempo y poder reunirme en un bar cercano con otros como yo a la espera del comienzo del concierto programado a las once de la noche. Así llegué a la entrada y las taquillas estaban cerradas, y como había una persona ahí fuera dando golpes a la puerta le pregunté si sabía la hora a la que abrirían y me dijo que ni idea, que era simplemente un músico y claro, se me encendieron los ojos y enseguida me confirmó que efectivamente pertenecía a la banda de Lapido y que era el batería ante lo cual con mi certera precisión le estreché la mano llamándole Pipo y al instante ante su gesto de sorpresa rectifiqué y de una forma amable y coloquial intercambiamos algunas palabras sobre el concierto de la semana pasada en Granada y el del día anterior en Toledo, que hoy era la definitiva despedida de Sergio, y que él había salido un momento fuera a hablar por el teléfono móvil (dentro, como comprobé después la cobertura era pésima por no decir inexistente) y ahora no podía volver a entrar y ahí estaba dándole golpes a la dichosa puerta mientras yo me marchaba al Gambrinus, y pensando en esa sala recordé una canción entrañable de los primeros años ochenta, que comenzaba de la siguiente manera:
Sentado en El Sol
bebiendo y fumando sin apenas entusiasmo
llegaste tú,
y te sentaste a mi lado,
con una cerveza en la mano
y escuchando con gran interés
aquel “I don’t care”, aquel “I don´t care”
Yo jamás te hubiera conocido
si no llega a ser por Los Ramones...
(...) [“Los Ramones” Pistones, 1982]
Y entonces sentí la inmensa satisfacción de remontarme veinte años atrás (cuando yo era de los que aún no habían hecho la primera comunión) y conocer que ya por entonces un grupo en el cual tocaba la guitarra eléctrica y componía canciones un tal José Ignacio García Lapido, 091, presentaban su música primero en el obligado Rockola y después en la sala Astorín (epicentros de la explosión musical de la época) y veinte años después, en una escena musical totalmente opuesta, en uno de los pocos locales míticos que han sobrevivido la erosión del paso del tiempo -la sala Sol- ese tal José Ignacio Lapido presentaba en Madrid su nuevo disco “En otro tiempo, en otro lugar”
[Transcripcines del documental “14 años sin piedad” emitido por Canal Sur como homenaje a la separación del grupo granadino 091]
-Jose Ignacio Lapido: Y bueno, grabamos otra maqueta ya con cuatro canciones en la que estaba incluída “Fuego en mi oficina” que sería la primera canción que grabamos que saldría editada como single. Los de DRO parece que les gustó aquella maqueta, y nos invitaron a tocar en el Rock Ola, fuimos a tocar a Madrid por primera vez y tal, y ya surgió lo de grabar el primer single.
-Paco Ramírez: [mánager de 091] Para poder grabar un disco en aquella época, hacía falta ganar un concurso.
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(Música de fondo: Fuego en mi oficina y en primer plano fotos de recorte de prensa entre los que se puede leer lo siguiente.)
El pop-rock granadino, en los primeros puestos de Andalucía.
“Ceronoventaiuno” y “Magic” se alzaron con las primeras posiciones en el concurso de pop-rock andaluz “Alcazaba” El primer premio concedido a 091 consiste en la grabación de un LP, un video promocional, y 150000 pesetas...
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(emisión del videoclip “Cementerio de automóviles” entre el cual se intercala la portada de su primer LP y diversos recortes de prensa con el siguiente texto)
091: El mejor grupo de Andalucía.
Mañana presenta el Grupo Rock “091” su primer LP
El grupo granadino “091”, vencedor del III Concurso Pop Rock de Andalucía y grupo revelación del año 84, presentará en concierto su primer LP, mañana, viernes, a las nueve de la noche, en el paseo del Salón.
Este concierto, que tendrá carácter gratuito, ha sido organizado por la Delegación de Cultura de la Junta de Andalucía dentro del marco del Año Internacional de la Juventud y en él actuará también el grupo granadino “La Guardia”.
Los rockeros granadinos “091”, tras haber grabado los principales programas musicales de TVE, proseguirán la gira de presentación de su primer LP en conciertos, con carácter nacional que, en una primera fase, comenzarán por la sala “Astorín” de Madrid, el próximo 30 de abril, continuando el 1 de mayo en Zaragoza, el 2 de mayo en Cuenca, el 3 en Albacete, el 4 en Puertollano (Ciudad Real), y el 5 en Baeza (Jaén)
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Carretera y manta. De 1984 pasamos al 2005 y apuntamos el día 4 de noviembre en Motril como comienzo de la gira de presentación de un nuevo disco de José Ignacio Lapido, continuando el 10 de noviembre en Córdoba, el 11 en Jaen, el 12 en El Ejido (Almería), el 18 en Sevilla... León, Granada, Toledo, Madrid, Valladolid, Vigo... a la espera de confirmar nuevas fechas a comienzos del 2006 y posibles lugares como Bilbao, Pamplona, Tarragona, Lleida, Barcelona, Zaragoza, Valencia, Murcia... y ojalá, ¿por qué no soñar?, se despida la gira como se merece en Granada dando paso a otro tiempo y otro lugar: el anhelado homenaje a 091 en el décimo aniversario de su gloriosa y emotiva separación a la hora de decirnos definitivamente adiós, aceptando la promesa fugitiva de volver a ser el niño que encontró en el rock and roll al fiel escudero que ya siempre le acompañaría en la terrible y maravillosa aventura de crecer y de vivir.
Y entonces la calle Jardines se llenó lentamente aquella noche (la espera fue larga ya que abrieron las puertas de la sala bastante tarde) de poetas y borrachos, gente que enciende el mechero en la palma de su mano, soñadores que transforman a las libélulas en hadas, relucientes y desgastadas cazadoras de cuero dispuestas a brindar de madrugada por el mundo al revés, náufragos y hombres sin sombra, amantes, luchadores, ángeles caídos y sirenas... todos los que aprendimos la incomprensible lección consistente en tener que buscar debajo de las piedras, casi en la clandestinidad, talentos musicales como el de José Ignacio Lapido que junto a su banda nos iba a ofrecer la posibilidad de sentir por unas horas que dios seguía estando a nuestro lado (por supuesto el Dios de la luz eléctrica) en una sala que no se llamaba “El cielo” pero que a cambio nos remitía a seguir esas huellas que nunca en teoría serán capaces de llevarnos al sol.
Así, tras recoger en la taquilla mi entrada, procedí a bajar la celebrada escalera de caracol sin poder evitar sonreír al sentir que llevaba un suave ritmo con los pies en dirección al interior de la sala, donde logré ubicarme cerca del escenario, casi enfrente de Víctor, y comencé a recibir las descargas del primer tema del concierto, el mismo, cómo no, que en Granada, para dar paso a cerca de dos horas increíbles donde los pájaros incandescentes echaron a volar como acaso las palomas, dejando sonar la música, una vez más, en nuestro tiempo. Sólo una vez más. ¿Sólo? Las veces que haga falta, y sin necesidad de que realmente suenen las canciones que yo desearía aunque se tratasen de cualquiera diferente a las del concierto anterior. Más de lo mismo es para mí suficiente, sobre todo en un ambiente como el que existía en una sala donde el público y los músicos estaban desde el comienzo plenamente entregados y dispuestos a celebrar que ese Dios de la luz eléctrica estuviera en todo momento presente en el concierto sin necesidad de darle nombre y apellidos. Como dijo José Ignacio en Granada cuando cerca del final del concierto observó que se apagaron las luces de iluminación, ese dios ya estaba haciendo de las suyas, al igual que en Madrid dejó por unos minutos sin teclados a Raúl y en otro instante sin guitarra a Victor, pero poco importaba; a pesar de las ausencias y de que sonaran las mismas canciones que en el resto de la gira, en los rincones secretos del alma esa noche había un perro aullando a la luna los mágicos ladridos que nos hacen siempre afinar, por si acaso, las guitarras. Y ojalá Lapido y su banda pudieran elegir y variar sus conciertos hasta el punto de decir: este mes nos apetece hacer una pequeña gira ofreciendo versiones de los clásicos que más nos gustan, y luego otro mes más de lo mismo respecto a exclusivamente canciones de los Cero, u otro mes con versiones eléctricas de sus propios temas acústicos (como Nubes con forma de pistola, No queda nadie en la ciudad...) o de versiones acústicas de sus temas eléctricos (como el emotivo y soberbio espantapájaros del Último concierto, o La noche que la luna salió tarde...) porque ésa es otra: aunque las letras sean prodigiosas, se trata de canciones, y la música es la que en última instancia debe siempre tener el protagonismo a la hora de transmitir emociones, y Lapido es capaz de obrar el milagro y la misma canción en cuanto a letra, dependiendo del formato en que la interprete, dejarnos de igual forma como a aquel boxeador sonado que confuso y desorientado, al volver sobre sus pasos, se da de cara con la pasión. En definitiva las posibilidades pueden ser múltiples y variadas pero la realidad es una sola: presentar y defender en directo su nuevo disco en el mayor número de ciudades posibles para darlo a conocer y si es posible amortizarlo. Por mi parte seguiré esperando cada ocasión que se presente para seguir agradeciéndole su profesionalidad y devoción hacia esa música auténticamente celestial que nos ofrece, y si acaso confirmarle que aunque la función hubiera terminado sin aplausos, yo también volvería mañana a repetirla para pedir más de lo mismo hoy: el dios de la luz eléctrica haciendo flotar en mi cabeza fantasías de rock and roll de espaldas a la realidad.
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servido por lapidiano
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25 Diciembre 2005

Una vieja cinta de casette. Una canción incompleta grabada de la radio. No saber ni el grupo ni el nombre de la canción. Llegar a mis manos el 12 canciones sin piedad de los Cero y seguir hechizado por esa canción buscando desesperadamente conocer quién la había creado. Conseguir el Tormentas imaginarias y comprobar que aquel grupo era de los pocos que conseguían hacerme cuestionar mi juventud abriéndome múltiples interrogantes sin respuesta definida, bajo una música que acariciaba la violencia del paso del tiempo ("el fantasma de la soledad") o eternizaba con fiereza el instante final de la duda ("cayendo") para revelarme que existían "otros como yo" a los que tal vez jamás conocería, y que la música era el bálsamo certero que nos permitiría de vez en cuando habitar la frontera entre lo onírico y lo real hasta encontrar (sin necesidad del aquí y del ahora) la memoria de la imaginación en forma de naufragio y de tormenta siguiendo las huellas que nunca nos lleven al sol pero sí a un cielo color vino. Pasar el tiempo y desconectar del presente para profundizar lo no vivido acompañado de Más de cien lobos y el Cementerio de automóviles sin rastro de aquella canción que seguía intermitentemente sonando en la vieja cinta de casette y de la cual ya había perdido la esperanza de conocer su nombre. Llegar demasiado tarde al Último concierto sin apenas noticias de El baile de la desesperación y de Todo lo que vendrá después, y por fin, casi cinco años después, desvelar el misterio y ser consciente de que no podía ser de otra forma –tenían que ser Granada y los Cero- y regresar al presente para lamentar su despedida agradeciendo lo mucho que me quedaba aún por conocer de ellos hasta el día en que la causalidad volvió a sacudirme fuerte en forma de Ladridos del perro mágico. Sin dudarlo comprarme el cd y volver a sentir la misma emoción que entonces y que ya nunca desaparecerá de mi vida. Seguirá evolucionando, elegirá un nuevo aspecto, gozará de momentos de mayor o menor intensidad, pero siempre será R&R.

"Pero no busques muy dentro de mí porque allí encontrarás
un corazón destrozado y preguntas sincontestar.
Mejor que busques si hay luz de luna entre las sombras
porque ya sabes que sin duda alguna... allí estaré."
[091, La Torre de la Vela, 1988]
-La Torre de la Vela-
Primero su misterio, su incierta procedencia, y al instante la necesidad de encontrar refugio en ella entre sus sombras, la luna, y por encima de todo la tenebrosa soledad del caminante.
No hay búsqueda posible que no haya sido encuentro anteriormente. La música cicatriza el lamento inevitable del eterno perseguidor de aquella sombra que fue ruina y resplandor, y el sonido de la noche serpentea la ignorancia.
Con el corazón destrozado y preguntas sin contestar.
Sobreviviendo cada día a la luz artificial de La Caverna, imaginando nuestas huellas en la mar, o nuestras miradas heridas por el viento en lo alto de una torre. Retrasando el idilio, la conjura, el instante en que volvamos a desaparecer de un viejo sueño para transformar la realidad en otro sueño que ilumine la elegida oscuridad de la esperanza.
Dificultando la búsqueda hasta hacer invisible el olvido apagando la linterna de la fiel soledad.
A lo lejos amanece, por encima del muro, y con asombrosa lentitud despertaremos abrazando la nostalgia en la necesaria despedida de las sombras.
Con el corazón destrozado y preguntas sin contestar.
Si hay luz de luna...
Allí estaré.
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servido por lapidiano
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17 Diciembre 2005
(...)
Las deudas de este juego son un reloj de arena,
la cuchilla que rompe una mirada,
la fuente que guardó el cadáver de un pájaro,
los muros del jardín
y el vacío que habita
el interior de las estatuas.
Fue así como los dioses perdieron sus antorchas.
(...)
[“Deudas de juego”, Luis García Montero, La intimidad de la serpiente, 2003]


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servido por lapidiano
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10 Diciembre 2005

[Inés, refiriéndose al concierto de Sevilla del pasado 17 de noviembre, escribió en un foro lo siguiente]
"Yo fui por algo al concierto, algo que luego no encontré allí, ni antes ni durante ni después, pero sin duda y estoy muy convencida, salí diferente a como entré. Y aunque pudiera parecer que salí peor de como entraba, todo es siempre subjetivo.
Y en un momento de búsqueda, aunque no encuentres tu recompensa, lo enfrentado, perdón, encontrado, puede que haya sido algo más necesario.
En cualquier caso y sin ninguna duda Lapido seguirá trayendo lluvia a Sevilla."
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Cuando leí esto antes de ir a Granada me quedé estupefacto en el buen sentido. Es decir; maravillado. Irremediablemente se me venían a la cabeza las notas y acordes de esa balada fascinante que es "Nadie encuentra lo que busca" y además lloviendo. ¿Qué más se puede pedir? Por eso durante mi primer concierto el pasado dos de diciembre, no pude evitar acordarme de aquellas palabras e intentar sentir en lo posible lo que me transmitiría ese concierto sin conocer casi ninguna de las canciones, y me imaginé que si cantaran por ejemplo en mi "incompatible" inglés ¿Qué pasaría entonces?
No sé por dónde empezar a describirlo. Cinco músicos reunidos con la intención de ofrecer un auténtico concierto de rock and roll ante cientos de espectadores más preocupados en observar y disfrutar cada instante de la actuación, iluminándose, recreándose en la contemplación del prodigioso espectáculo, que en lugar de dar rienda a los naturales instintos y perderse buena parte del concierto saltando y dando botes deslumbrados por la poderosa descarga apasionante de maravillosa electricidad que a todos nos ofrecía el sonido y la visión de aquellos cinco músicos subidos al escenario.
Porque no se trataba de deslumbrar; no le pedíamos al Maestro y su banda fuegos de artificio, efectos especiales, decorado o esceneografía “multimedia” (sic), monólogos de cantautor, etcétera, etcétera... sino simplemente el asistir honestamente a vivir y sentir lo prometido: un concierto de rock and roll “en otro tiempo, en otro lugar”
Y efectivamente eso fue lo que sucedió. Salida al escenario, primeros acordes, y esos cinco músicos ya estaban disfrutando y pasándolo en grande ofreciéndonos su música con total naturalidad. Al fondo la inconfundible presencia de Popi en la batería, y a unos metros de distancia la agradable y maravillosa sinfonía del teclado a cargo de un Raúl perfectamente acoplado al resto de la banda donde, en primer plano, a la derecha del Maestro, Víctor y su corbata roja acariciaban con fiereza y pasión (o delicadeza y sosiego según las circunstancias), las cuerdas de una guitarra eléctrica en constante guiño y sincronía con la imperecedera y sublime SG burdeos del Maestro, mientras al otro extremo del escenario el inconmesurable bajo de Sergio se mostraba activamente dispuesto a agradecer en su despedida de la banda tan grata compañía en el arte de interpretar canciones que si ya de por sí en el estudio resultan hermosamente iluminadoras del magnetismo primigenio que irradia el rock and roll, en directo levantan pasiones capaces de desatar la locura como bien comentó el gran Jesús Arias en su crónica del concierto en el diario Granada Hoy.
Está escrito en la ley que deslumbrar es relativamente sencillo en la actualidad musical que nos ha tocado vivir, y por eso iluminar queda al alcance de unos pocos que sigan manteniéndose fiel al deseo de ofrecer su talento interpretativo como muestra de admiración y respeto hacia la música que adoran y que en sus manos contagia satisfacción y armonía, y que acaba inexorablemente iluminando esos rincones secretos del alma por los que penetra mostrándonos con nitidez el mundo imposible con el que siempre soñamos a la hora de intentar describir un instante de felicidad.
(...) Hay culturas que tratan de iluminar, como algunos sectores de la cultura oriental. ¿En qué consiste? En profundizar dentro de uno mismo. Escuchar al maestro, guardar silencio, meditar, esperar a ver qué ocurre. Otras culturas viven hacia afuera, con gestos apresurados y estrépitos exteriores, más pendientes de los resultados que del proceso de aprendizaje. No puedo profundizar en el tema cultural en tan pocos minutos, pero me entenderán con un ejemplo cotidiano. Una vela, un quinqué dan luz, iluminan, permiten ver; en cambio, unos focos deslumbrantes ciegan, dificultan la visión. (...) Pero vivimos en una sociedad y en una época que trata de deslumbrar y no de iluminar. Se aprecia mucho más una gran orquesta que una liderista cantando una canción de Schumann acompañada de un piano. Gustan más los decibelios, los efectos especiales, el ruido, la parafernalia que la voz de un cantante con una simple guitarra y vestido sobriamente. Dicen que vivimos en la era de la información, pero la información, con sus excesos, se utiliza para desinformar." (...)
(José Luis Sampedro, "Escribir es vivir" págs 258 y 259)
Y así, iluminados por la luz de neón de las ciudades soñadas, fuimos privilegiados espectadores de la sucesión de temas de su nuevo disco donde la gran ausente fue precisamente la canción de “Rincones secretos”, lo cual me provoca la afortunada posibilidad de seguir especulando sobre el próximo single del disco, ya que antes tenía clarísimo que debería de ser esa canción y sin embargo al no entrar dentro del repertorio, al ser uno de los dos únicos descartes, ahora no sé qué pensar. Y lo maravilloso es que hoy mismo en Madrid podré comprobar en directo si el descarte fue un hecho puntual o se trata de una posible sentencia definitiva al respecto.
Para resumir, como momentos especiales de la noche o, mejor dicho, momentos sublimes de la misma porque especiales fueron todos, destacaría la palpable demostración de que la elegancia y el buen gusto no está reñido con la potencia y contundencia que puedan descargar dos guitarras eléctricas, un bajo, unos teclados y la batería dando forma a unos minutos impagables de deleite auditivo sobre todo en los estribillos de esas dos canciones irremediablemente siamesas que son “No digas que no te avisé” y “Bellas mentiras”
Igualmente destacaría la belleza imposible de cicatrizar que responde al nombre de “Por sus heridas” con unos teclados y coros en estado de gracia; o la descarga rabiosa y encendida de un “Más díficil todavía” donde era imposible escapar al deseo de ¡Agua! ardiendo complacidos en ese infierno musical, plenamente incendiados por los solos del Maestro y de Víctor genialmente acompañados por el resto de la banda. ¿Y qué decir del momento en que la emoción alcanza cuotas imposibles al escuchar los primeros acordes eléctricos que dan forma al Espejismo Nº8 que yo sólo conocía en su versión acústica y que me dejó totalmente noqueado? Demasiado complejo intentar expresar algo que tal vez sólo se pueda sentir al reafirmar que el brujo puede hacer que llueva y el viento hace que enloquezca en un “Sigo esperando” donde desde el primer momento todos precisamente enloquecimos como si se tratara de una canción de los Cero. Y resulta curioso retomar el inicio de esta crónica con las palabras finales de Inés (“En cualquier caso y sin ninguna duda Lapido seguirá trayendo lluvia a Sevilla”) y comprobar que efectivamente tanto el día 17 de noviembre como el día 1 de diciembre Lapido trajo la lluvia a Sevilla, como el día 2 de diciembre la trajo a Granada, y entonces tal vez empezar a dudar de si además de Maestro resulta que también es un Brujo que no podrá hacer que ella vuelva pero sin duda alguna junto a su banda hace posible que sigamos soñándola y deseándola, esperándola como si de Venus por ejemplo se tratase bajo la bendita lluvia musical de un tema sencillamente colosal. Y ya que he hablado de lluvia, el primer bis de la noche no podía ser otro que el regreso de Lapido al escenario acompañado únicamente por el teclado de Raúl para interpretar la preciosa “Con la lluvia del atardecer” dejando atrás definitivamente cualquier duda sobre su papel de vocalista y demostrando que su voz no será un alarde de virtuosismo pero sin duda lo es de personalidad y entrega incondicional a la música que nos ofrece y que logra transmitirnos una sensibilidad especial que una simple voz “bonita” y “coreógrafa” al estilo de la Academia de los Horrores de O.T nunca será capaz de igualar. Y esos coros... iniciada la canción aparecen Victor y Sergio, sin guitarras, sólo voz, compartiendo micrófono y dejando a José Ignacio al final de la misma solo ante el únanime grito de “Maestro” de toda la sala que hizo que emocionado nos dirigiera unas palabras sobre algo que no tenía “parangón”
Me dejo para el final unos versos de Enrique Urquijo que recientemente en el sexto aniversario de su desgraciada muerte me han vuelto a impresionar al tratarse de su última canción (“hoy la vi” y no puedo menos que evocar nuevamente en el plano absoluto de la irrealidad a Venus) y donde nos suelta sin piedad que “la nostalgia y la tristeza suelen coincidir” para posteriormente declarar que “han llovido quince años que sobreviví”, y claro, entonces Lapido comenta como antesala a la siguiente canción algo parecido a “la compuse hace quince años” para al instante rectificar dicendo que dieciseis y dar comienzo al apoteósico espectáculo final: ni más ni menos que la entrada “En el laberinto” Intentar explicar lo que uno puede llegar a sentir al escuchar ese tema por primera vez en directo en versión de su propio autor es inútil. A estas alturas ya no existe salvación posible -ni siquiera aunque “No quede nadie en la ciudad”- porque nuevamente se ha obrado el milagro y una excelente y conmovedora canción acústica se transforma en una bestial exhibición de energía y electricidad con unos coros taladrando maravillosamente el título honónimo de la canción hasta que, entregado y felizmente resignado a la incertidumbre, cómo no, se hace agridulce inevitablemente la emoción ante la suprema incandescencia final de “Esta noche” y sobre todo “Qué fue del siglo XX”.
Nostalgia ante el paso del tiempo presente en el impagable recuerdo a 091; tristeza ante lo ignorante que es la “masa” que alienada consume la música prefabricada por los causantes de su propia alienación y no es capaz de interesarse o profundizar y descubrir el auténtico privilegio que supone escuchar la música que gente como Lapido nos sigue ofreciendo con estoica e incuestionable profesionalidad. La verdad es que uno no sabe cómo apreciar y agradecer el que siga componiendo nuevas canciones para ofrecérnoslas donde buenamente le permitan tocar y, como el pasado dos de diciembre en Granada, nos transmita con naturalidad que si lo sigue haciendo es por simple necesidad vital, por lo mucho que disfruta encima de un escenario acompañado de su eterna Gibson y pasando un buen rato junto a otros músicos y sus instrumentos y haciéndoselo pasar a todo aquel que se decida a acudir a uno de sus conciertos.
Por mi parte, sobra decirlo, sin ninguna duda esta noche, en Madrid, en la mítica sala Sol... allí estaré.
No se lo pierdan.
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Fechas
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servido por lapidiano
3 comentarios
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7 Diciembre 2005
11 Noviembre 2005
Ya ha pasado más de un mes desde la primera vez que escuché el nuevo disco, y me reafirmo en la primera impresión que tuve de él: de verdad que sólo puedo decir que es lo mejor que he escuchado nunca. Y sé que afortunadamente es mentira, que no tengo ni de lejos la certeza científica por decirlo de algún modo de que sea así, pero la memoria selectiva se empeña en compararlo con lo conocido y no hay color. Así pues llego a la conclusión de que en este momento (iniciado el pasado día 10 de octubre) no hay nada que pueda alejar esa idea de mi cabeza: es lo mejor que he escuchado nunca.
Y es que cada nueva audición de cualquiera de sus canciones es un nuevo reto para encontrarle algún riff o sonido en el que no había reparado antes, y sobre todo fusionarlo con la letra y quedarme completamente absorto en lo que es capaz de transmitirme y sugerir.
Por ejemplo la canción "Bellas mentiras" Llevo años dándole vueltas a la idea de que el dualismo verdad-mentira es uno de los más apasionantes que existen. Concretamente desde que Los Limones me ofrecieron la posibilidad de apropiarme de un verso suyo en una canción memorable llamada "No está mal la soledad" y en la que soltaban: "Prefiero una gran mentira antes que una pequeña verdad: puede ser más real" El caso es que cuando con el paso del tiempo uno lo tiene más claro y se reafirma en la idea que encontré en un libro de Carlos Fuentes citando a Buñuel ("Daría la vida por un hombre que busca la verdad, pero mataría a un hombre que cree haber encontrado la verdad"), llega Lapido y en una canción le da forma y sentido a lo que rondaba tanto tiempo por mi mente:
Pasé mis mejores días cavando las trincheras,
ondeando la bandera de la confusión,
buceando a pulmón al fondo de la tristeza,
deletreando a duras penas la palabra amor.
(...)
Pasé mis mejores días subiendo escaleras
que me llevaron a las puertas del mismo error,
creyendo ver en tus ojos reflejos de luna llena,
bebiendo en vaso largo, fría, la desilusión.
(...)
Atravesando calles desiertas junto a tí.
Contándonos, contándonos bellas mentiras.
Fueron mis mejores días.
Contándonos, contándonos bellas mentiras.
Esas que nunca se olvidan.
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Y eso es sólo la letra porque la música... es llegar a los dos minutos y cuarenta y cuatro segundos de la canción hasta los tres minutos y doce segundos, y en ese medio minuto apenas, a todo volumen... ¿cómo describirlo? Pero para rematarme se llega al tercer minuto cuarenta y dos segundos y de ahí al final me hechizan unos punteos sobrecogedores que efectivamente parecen ser una bella mentira más de otro tiempo y otro lugar.
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En fin, que es sólo el ejemplo de una canción de las doce que contiene este disco que sinceramente (de nuevo una bella mentira) considero que no está al alcance de cualquiera. Estoy retrasando deliberadamente el momento de empezar a diseccionarlo literaria y musicalmente porque ése es el mayor regalo del mismo. Cultura con mayúsculas. Los numerosos referentes artísticos (música, literatura, pintura, cine...) que encierra y esconde es lo que hace tan apasionante cada escucha. Y así te puedes encontrar la Isla de If (Conde de Montecristo) en "Con la lluvia del atardecer", o a la Venus del espejo y al pensador de Rodin en "La antesala del dolor", o a Julio César bebiendo vino o siendo apuñulado junto a Saturno devorando a sus hijos (de Velázquez pasamos a Goya) en "En otro tiempo, en otro lugar", mientras aparece explícitamente Robert Johnson (y ya en la fabulosa "Hasta desaparecer" de Música Celestial todos nos sonreímos ante ese "Nada más se supo del desconocido/ Tenía el desierto dentro de él/ Dijeron que había vendido su alma en un cruce de caminos/ Antes de enloquecer") en un "Más difícil todavía" para acabar de momento (sé que me quedan muchos más para descubrir pero ya habrá tiempo) con Don Tancredo y la Sociedad para la Eternidad del último corte "De espaldas a la realidad"
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Poéticamente sublime, musicalmente casi perfecto, la conclusión es unánime: la soberana mayoría seguirá denominando como poetas del rock estatal a Robe, Kutxi, Fito(por citar a alguno de los más nombrados) o incluso Sabina (lamentable por cierto su último disco, sólo lo he podido escuchar tres veces intentando y deseando captar algo, y sólo algunos versos y ripios sueltos me han llamado la atención, pero ese es otro tema) mientras que una minoría cada vez más numerosa tenemos bien claro que la poesía y la música de rock en castellano tienen desde hace por lo menos quince años ("Doce canciones sin piedad") nombre propio y apellidos: José Ignacio García Lapido, el Maestro, el poeta eléctrico, y como alumno aventajado al que hay que seguir muy de cerca: Quique González. Después irían otros clásicos como Josele (ex Enemigos), o Alfaro (Surfing bichos, Chucho) y por supuesto en la vanguardia de la experimentación sónica más absorvente Antonio Arias y su grupo Lagartija Nick
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Y a todo aquel que desee adquirir este disco y no lo encuentre en su ciudad, recomendarle un lugar donde aparte de Lapido te puedes encontrar otras joyas minoritarias y selectivas que hacen que la música siga pudiendo considerarse cultura y no simple consumo dirigido por el Imperio mediático de la comercialidad más deprimente. Me refiero a popmadrid donde por 12€ más 4€ de gastos de envío se puede adquirir esta delicatessen (en tiendas he llegado a leer que se vende hasta a 16,5€) a la vez que deleitarse, como decía, navegando por ese rincón secreto donde por ejemplo en la sección vinilos por 10€ te puedes encontrar a Cooper e incluso escuchar algunas canciones de dicho L.P (ahora mismo estoy escuchando "Cerca del sol" y recordando esos "Flechazos" tan particulares de otro tiempo)
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Bellas mentiras bajo una música y poesía maravillosa que destila por encima de todo autenticidad. Y si como bien ha demostrado José Luis Sampedro "Escribir es vivir" (una necesidad vital engendradora de arte), entonces simplemente escuchar este disco es disfrutar de la Vida, pese a lo "mala" que pueda llegar a ser. Al fin y al cabo ya sabemos que siempre que queramos la luna brillará en el negro cielo hoy como por ejemplo sin duda esta noche estará brillando en Jaén, como ayer lo hizo en Córdoba o como el pasado día cuatro en Motril y como podré vivir en persona el dos de diciembre en Granada y el diez en Madrid otra noche donde las bellas mentiras se harán una vez más afortunadamente realidad.
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servido por lapidiano
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